¿Por qué la Iglesia Católica ha llegado a conmemorar la Reforma Protestante junto a la Iglesia Luterana?


Primero que todo, es esencial reconocer que el camino hacia la unidad cristiana ha estado marcado por divisiones y desacuerdos a lo largo de los siglos. La Reforma del siglo XVI fue un período fundamental en la historia de la Iglesia, en el cual surgieron diferentes movimientos, incluyendo el liderado por Martín Lutero. Estos eventos llevaron a divisiones profundas dentro del cuerpo de Cristo. Sin embargo, en las últimas décadas, las Iglesias Católica y Luterana han estado trabajando arduamente para superar las diferencias y buscar puntos de encuentro.

La conmemoración de la Reforma Protestante junto a la Iglesia Luterana tiene como objetivo principal promover el diálogo ecuménico y la comprensión mutua entre las denominaciones cristianas. Esta iniciativa se basa en el reconocimiento de que, a pesar de las diferencias teológicas y doctrinales que aún persisten entre las Iglesias Católica y Luterana, compartimos una fe común en Jesucristo como nuestro Señor y Salvador.

El documento "Del Conflicto a la Comunión" (escrito de manera conjunta por la Iglesia católica y la Iglesia Luterana) subraya la importancia de celebrar juntos los logros alcanzados en el diálogo ecuménico y, al mismo tiempo, reconocer las heridas del pasado. Nos recuerda que tanto católicos como luteranos han sido responsables de malentendidos, prejuicios y conflictos. Al enfrentar esta realidad, ambas iglesias han buscado la reconciliación a través del arrepentimiento y el perdón mutuo, siguiendo el mandato de Jesús en San Mateo 5, 23-24, que nos insta a reconciliarnos con nuestro hermano antes de presentar nuestras ofrendas en el altar.

En este documento, se destaca el objetivo de la conmemoración conjunta como una expresión de arrepentimiento y reconciliación mutua. La cita directa del documento expresa: "El aniversario conjunto de la Reforma en 2017 es una oportunidad para que luteranos y católicos expresemos nuestro arrepentimiento mutuo por nuestras heridas y divisiones, así como nuestra gratitud por las donaciones teológicas que hemos recibido a través de la Reforma." Esta declaración subraya la naturaleza dual del evento, donde se reconoce tanto el dolor pasado como las contribuciones teológicas valiosas que han surgido de este período histórico.

Este pasaje del documento enfatiza la importancia del arrepentimiento y la gratitud en el camino hacia la unidad cristiana. Nos insta a mirar hacia el futuro con esperanza y a trabajar juntos para superar las divisiones del pasado. 

Además, el documento hace hincapié en la importancia de la gracia de Dios y la acción del Espíritu Santo en el proceso de reconciliación. Citando el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 1987), que nos enseña que la gracia es la ayuda gratuita que Dios nos da para responder a su llamada, podemos ver cómo esta gracia nos impulsa a buscar la unidad en medio de nuestras diferencias.

La conmemoración conjunta también es un recordatorio de que, a pesar de nuestras divergencias, hay más cosas que nos unen que las que nos separan. Compartimos la fe en la Santísima Trinidad, la importancia de las Escrituras como Palabra de Dios, y la necesidad de vivir de acuerdo con el amor y la justicia enseñados por Jesucristo. En este sentido, la Biblia nos dice en Efesios 4, 3 que debemos esforzarnos por mantener la unidad del Espíritu mediante el vínculo de la paz. Esta unidad no implica uniformidad en la fe, sino una comunión en la diversidad, donde nuestras diferencias se celebran en el contexto de nuestra fe compartida en Cristo.

Espero, querido amigo, que esta explicación haya arrojado luz sobre por qué la Iglesia Católica ha conmemorado la Reforma Protestante junto a la Iglesia Luterana. Es un testimonio de nuestra búsqueda común de la unidad en Cristo, un reflejo del amor y la gracia de Dios que nos guían en nuestro camino hacia la plena comunión. Sigamos orando y trabajando juntos para que un día podamos cumplir el deseo de nuestro Señor Jesucristo: "Que todos sean uno" (San Juan 17, 21). ¡Que la paz y el amor de Cristo estén contigo siempre!

Autor: Padre Ignacio Andrade.

¿El Día de los Fieles Difuntos es un culto a los muertos como dicen los hermanos separados (protestantes)?


Primero que todo, es crucial entender que en la Iglesia Católica, el Día de los Fieles Difuntos es una celebración profundamente arraigada en la tradición y la fe cristiana. No se trata en absoluto de un culto a los muertos, como a veces malentendido por algunos de nuestros hermanos separados. Los cristianos católicos no celebramos la muerte, pues ésta ya ha sido vencida por nuestro Señor Jesucristo. Celebramos la esperanza de la vida eterna. La celebración de este día es una expresión de amor, esperanza y oración por aquellos que han partido de este mundo y están en el proceso de purificación, en lo que llamamos el Purgatorio.

Nos basamos en la enseñanza de la Iglesia que encuentra su fundamento en la Sagrada Escritura. La Biblia nos enseña en el libro del Segundo Macabeos, en el Antiguo Testamento, sobre la importancia de orar por los muertos. En el capítulo 12, versículos 43-46, leemos: "Hizo también una colecta entre todos, envió a Jerusalén como unas doce mil dracmas para ofrecer un sacrificio por el pecado. Obró con mucha hermosura y con grandeza de ánimo, pensando que había de resurrección para los muertos, fue un pensamiento santo y piadoso. Por esto hizo este sacrificio expiatorio por los muertos, para que fueran libres de su pecado".

Este pasaje de las Escrituras nos muestra claramente que los judíos de la época ya practicaban la oración por los difuntos (y lo siguen practicando hasta hoy día), lo que indica que esta tradición se remonta a los tiempos del Antiguo Testamento. En la Iglesia Católica, continuamos esta práctica, basándonos en la convicción de que nuestra oración y buenas obras pueden ayudar a las almas en el Purgatorio, permitiéndoles alcanzar la purificación necesaria para entrar en la presencia de Dios en el Cielo.

Además, en el Catecismo de la Iglesia Católica, que es una recopilación sistemática de las enseñanzas de nuestra fe, encontramos la afirmación de esta verdad en los párrafos 1030 y 1031. El párrafo 1030 nos dice que "los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo". Y el párrafo 1031 continúa explicando que "la Iglesia llama Purgatorio a esta purificación final de los elegidos, que es completamente distinta del castigo de los condenados. La Iglesia ha formulado la doctrina de la fe relativa al Purgatorio sobre todo en los Concilios de Florencia y de Trento".

Entonces, ¿cómo encaja el Día de los Fieles Difuntos en todo esto? Este día es una oportunidad especial para recordar a nuestros seres queridos que han fallecido y para orar por ellos. Al hacerlo, no estamos adorando a los muertos, ni invocándolos, ni considerándolos deidades, sino más bien mostrando nuestro amor y cuidado por sus almas, pues esperamos que se encuentren con Cristo. Estamos cumpliendo con la enseñanza bíblica y catequética de orar por las almas de los difuntos, confiando en la misericordia de Dios para acortar su tiempo en el Purgatorio y llevarlos a la plenitud de la comunión con Él en el Cielo.

Además, el Día de los Fieles Difuntos nos recuerda nuestra propia mortalidad y la necesidad de prepararnos adecuadamente para encontrarnos con Dios al final de nuestras vidas terrenales. Nos invita a reflexionar sobre nuestras acciones y a vivir de acuerdo con los mandamientos de Dios para que, cuando llegue nuestro momento, podamos entrar en su presencia con alegría y confianza en su misericordia.

Espero que esta explicación te haya ayudado a entender mejor el significado del Día de los Fieles Difuntos en la Iglesia Católica. No dudes en hacerme más preguntas si tienes alguna inquietud adicional. Estoy aquí para ayudarte en todo lo que pueda. ¡Que Dios te bendiga abundantemente!

Autor: Padre Ignacio Andrade.

¿Es bíblico el dicho "Dios ama al pecador pero odia el pecado"?


Es un placer hablar sobre este tema tan importante y, de hecho, es un dicho que refleja una verdad fundamental en la enseñanza cristiana. Aunque las palabras exactas "Dios ama al pecador pero odia el pecado" no se encuentran en la Biblia, la idea detrás de esta afirmación está en consonancia con las enseñanzas bíblicas y el catecismo de la Iglesia Católica.

Para comprender mejor esta afirmación, es esencial entender la naturaleza del amor divino y la relación que Dios tiene con sus hijos, nosotros, los seres humanos. La Biblia nos dice en San Juan 3, 16, "Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna". Esta poderosa declaración subraya el inmenso amor que Dios tiene por cada uno de nosotros. Dios nos ama incondicionalmente, sin importar nuestros errores o pecados. Este amor es tan profundo y completo que incluso envió a su Hijo, Jesucristo, para redimirnos y ofrecernos la salvación.

Sin embargo, al mismo tiempo, la Biblia también nos enseña claramente que el pecado es algo que Dios aborrece. En Proverbios 6, 16-19, se nos dice: "Hay seis cosas que el Señor odia, siete cosas que le son detestables: la altivez, la mentira, el asesinato, el falso testimonio, el que siembra discordia entre hermanos". Aquí vemos una lista de cosas que Dios detesta, y el pecado está en el centro de esta lista. El pecado es aquello que se opone a la voluntad de Dios y nos aleja de su amor y gracia.

Entonces, ¿cómo reconciliamos el amor incondicional de Dios con su aversión al pecado? La clave está en el hecho de que Dios ama al pecador pero odia el pecado precisamente porque ama al pecador. Su amor nos llama a vivir vidas que estén en armonía con su voluntad, a alejarnos del pecado y a buscar la santidad. En el catecismo de la Iglesia Católica, en el párrafo 1849, se nos dice que el pecado es una ofensa a Dios y un daño a la comunidad. Al amarnos, Dios desea liberarnos del pecado para que podamos vivir plenamente de acuerdo con su designio amoroso para nosotros.

Imagina un padre amoroso que ve a su hijo jugar en la calle. El padre ama profundamente a su hijo y no desea que sufra ningún daño. Si el padre ve que su hijo está en peligro, actuará para protegerlo, aunque esto signifique regañarlo o corregirlo por su propia seguridad. De manera similar, Dios nos ama tanto que nos corrige y nos llama al arrepentimiento cuando nos alejamos de su camino. Esta corrección no es un acto de odio, sino un acto de amor, destinado a guiarnos de regreso a su amoroso abrazo.

Es importante destacar que el arrepentimiento es un regalo divino que nos permite experimentar la misericordia de Dios. Cuando nos arrepentimos sinceramente de nuestros pecados y buscamos su perdón, Dios nos acoge con brazos abiertos, como el padre amoroso en la parábola del hijo pródigo (San Lucas 15, 11-32). Dios ama al pecador que se arrepiente y vuelve a él con un corazón contrito.

En resumen, la afirmación "Dios ama al pecador pero odia el pecado" encapsula la verdad del amor divino y la santidad que Dios nos llama a vivir. Dios nos ama incondicionalmente y desea liberarnos del pecado para que podamos vivir en su amor y gracia. A través del arrepentimiento y la reconciliación, experimentamos el amor y la misericordia infinitos de nuestro Padre celestial. Que podamos abrir nuestros corazones al amor de Dios, arrepentirnos de nuestros pecados y vivir en su amor eterno. ¡Que la paz y la gracia de Dios estén contigo, mi querido amigo!

Autor: Padre Ignacio Andrade.

Declaración conjunta de la Iglesia Católica y la Iglesia Luterana sobre la Doctrina de la Justificación.

 DECLARACIÓN CONJUNTA SOBRE LA DOCTRINA DE LA JUSTIFICACIÓN


 
(Declaración conjunta sobre la doctrina de la Justificación entre la Iglesia Católica y la Federación Luterana Mundial, a la que en 2006 se adhirió la Iglesia Metodista y en 2017 la Comunión Mundial de Iglesias Reformadas.)

Preámbulo

1. La doctrina de la justificación tuvo una importancia capital para la Reforma luterana del siglo XVI. De hecho, sería el «artículo primero y principal»[1], a la vez, «rector y juez de las demás doctrinas cristianas»[2]. La versión de entonces fue sostenida y defendida en particular por su singular apreciación contra la teología y la iglesia católicas romanas de la época que, a su vez, sostenían y defendían una doctrina de la justificación de otra índole. Desde la perspectiva de la Reforma, la justificación era la raíz de todos los conflictos, y tanto en las Confesiones luteranas[3] como en el Concilio de Trento de la Iglesia Católica Romana hubo condenas de una y otra doctrinas. Estas últimas siguen vigentes, provocando divisiones dentro de la iglesia.

2. Para la tradición luterana, la doctrina de la justificación conserva esa condición particular. De ahí que desde un principio, ocupara un lugar preponderante en al diálogo oficial luterano-católico romano.

3. Al respecto, les remitimos a los informes The Gospel and the Church (1972)[4] y Church and Justification (1994)[5] de la Comisión luterano-católico romana; Justification by Faith (1983)[6] del Diálogo luterano-católico romano de los EE.UU. y The Condemnations of the Reformation Era - Do They Still Divide? (1986)[7] del Grupo de trabajo ecuménico de teólogos protestantes y católicos de Alemania. Las iglesias han acogido oficialmente algunos de estos informes de los diálogos; ejemplo importante de esta acogida es la respuesta vinculante que en 1994 dio la Iglesia Evangélica Unida de Alemania al estudio Condemnations al más alto nivel posible de reconocimiento eclesiástico, junto con las demás iglesias de la Iglesia Evangélica de Alemania.[8]

4. Respecto a los debates sobre la doctrina de la justificación, tanto los enfoques y conclusiones de los informes de los diálogos como las respuestas trasuntan un alto grado de acuerdo. Por lo tanto, ha llegado la hora de hacer acopio de los resultados de los diálogos sobre esta doctrina y resumirlos para informar a nuestras iglesias acerca de los mismos a efectos de que puedan tomar las consiguientes decisiones vinculantes.

5. Una de las finalidades de la presente Declaración conjunta es demostrar que a partir de este diálogo, las iglesias luterana y católica romana[9] se encuentran en posición de articular una interpretación común de nuestra justificación por la gracia de Dios mediante la fe en Cristo. Cabe señalar que no engloba todo lo que una y otra iglesia enseñan acerca de la justificación, limitándose a recoger el consenso sobre las verdades básicas de dicha doctrina y demostrando que las diferencias subsistentes en cuanto a su explicación, ya no dan lugar a condenas doctrinales.

6. Nuestra declaración no es un planteamiento nuevo e independiente de los informes de los diálogos y demás documentos publicados hasta la fecha; tampoco los sustituye. Más bien, tal como lo demuestra la lista de fuentes que figura en anexo, se nutre de los mismos y de los argumentos expuestos en ellos.

7. Al igual que los diálogos en sí, la presente Declaración conjunta se funda en el convicción de que al superar las cuestiones controvertidas y las condenas doctrinales de otrora, las iglesias no toman estas últimas a la ligera y reniegan su propio pasado. Por el contrario, la declaración está impregnada de la convicción de que en sus respectivas historias, nuestras iglesias han llegado a nuevos puntos de vista. Hubo hechos que no solo abrieron el camino sino que también exigieron que las iglesias examinaran con nuevos ojos aquellas condenas y cuestiones que eran fuente de división.

1. El mensaje bíblico de la justificación

8. Nuestra escucha común de la palabra de Dios en las Escrituras ha dado lugar a nuevos enfoques. Juntos oímos lo que dice el evangelio: «De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito para que todo aquel que en él cree no se pierda sino que tenga vida eterna» (San Juan 3:16). Esta buena nueva se plantea de diversas maneras en las Sagradas Escrituras. En el Antiguo Testamento escuchamos la palabra de Dios acerca del pecado (Sal 51:1-5; Dn 9:5 y ss; Ec 8:9 y ss; Esd 9:6 y ss.) y la desobediencia humanos (Gn 3:1-19 y Neh 9:16-26), así como la «justicia» (Is 46:13; 51:5-8; 56:1; cf. 53:11; Jer 9:24) y el «juicio» de Dios (Ec 12:14; Sal 9:5 y ss; y 76:7-9).

9. En el Nuevo testamento se alude de diversas maneras a la «justicia» y la «justificación» en los escritos de San Mateo (5:10; 6:33 y 21:32), San Juan (16:8-11); Hebreos (5:1-3 y 10:37-38), y Santiago (2:14-26).[10] En las epístolas de San Pablo también se describe de varias maneras el don de la salvación, entre ellas: «Estad pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres» (Gá 5:1-13, cf. Ro 6:7); «Y todo esto proviene de Dios que nos reconcilió consigo mismo» (2 Co 5:18-21, cf. Ro 5:11); «tenemos paz para con Dios» (Ro 5:1); «nueva criatura es» (2 Co 5:17); «vivos para Dios en Cristo Jesús» (Ro 6:11-23) y «santificados en Cristo Jesús» (1 Co 1:2 y 1:31; 2 Co 1:1) A la cabeza de todas ellas está la «justificación» del pecado de los seres humanos por la gracia de Dios por medio de la fe (Ro 3:23-25), que cobró singular relevancia en el período de la Reforma.

10. San Pablo asevera que el evangelio es poder de Dios para la salvación de quien ha sucumbido al pecado; mensaje que proclama que «la justicia de Dios se revela por fe y para fe» (Ro 1:16-17) y ello concede la «justificación» (Ro 3:21-31). Proclama a Jesucristo «nuestra justificación» (1 Co 1:30) atribuyendo al Señor resucitado lo que Jeremías proclama de Dios mismo (23:6). En la muerte y resurrección de Cristo están arraigadas todas las dimensiones de su labor redentora porque él es «Señor nuestro, el cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación» (Ro 4:25). Todo ser humano tiene necesidad de la justicia de Dios «por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios» (Ro 1:18; 2:23 3:22; 11:32 y Gá 3:22). En Gálatas 3:6 y Romanos 4:3-9, San Pablo entiende que la fe de Abraham (Gn 15:6) es fe en un Dios que justifica al pecador y recurre al testimonio del Antiguo Testamento para apuntalar su prédica de que la justicia le será reconocida a todo aquel que, como Abraham, crea en la promesa de Dios. «Mas el justo por la fe vivirá» (Ro 1:17 y Hab 2:4, cf. Gá 3:11). En las epístolas de San Pablo, la justicia de Dios es también poder para aquellos que tienen fe (Ro 1:17 y 2 Co 5:21). Él hace de Cristo justicia de Dios para el creyente (2 Co 5:21). La justificación nos llega a través de Cristo Jesús «a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre» (Ro 3:2; véase 3:21-28). «Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios. No por obras...» (Ef 2:8-9).

11. La justificación es perdón de los pecados (cf. Ro 3:23-25; Hechos 13:39 y San Lucas 18:14), liberación del dominio del pecado y la muerte (Ro 5:12-21) y de la maldición de la ley (Gá 3:10-14) y aceptación de la comunión con Dios: ya pero no todavía plenamente en el reino de Dios a venir (Ro 5:12). Ella nos une a Cristo, a su muerte y resurrección (Ro 6: 5). Se opera cuando acogemos al Espíritu Santo en el bautismo, incorporándonos al cuerpo que es uno (Ro 8:1-2 y 9-11; y 1 Co 12:12-13). Todo ello proviene solo de Dios, por la gloria de Cristo y por gracia mediante la fe en «el evangelio del Hijo de Dios» (Ro 1:1-3).

12. Los justos viven por la fe que dimana de la palabra de Cristo (Ro 10:17) y que obra por el amor (Gá 5:6), que es fruto del Espíritu (Gá 5:22) pero como los justos son asediados desde dentro y desde fuera por poderes y deseos (Ro 8:35-39 y Gá 5:16-21) y sucumben al pecado (1 Jn 1:8 y 10) deben escuchar una y otra vez las promesas de Dios y confesar sus pecados (1 Jn 1:9), participar en el cuerpo y la sangre de Cristo y ser exhortados a vivir con justicia, conforme a la voluntad de Dios. De ahí que el Apóstol diga a los justos: «...ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad» (Flp 2:12-13). Pero ello no invalida la buena nueva: «Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús» (Ro 8:1) y en quienes Cristo vive (Gá 2:20). Por la justicia de Cristo «vino a todos los hombres la justificación que produce vida» (Ro 5:18).

2. La doctrina de la justificación en cuanto problema ecuménico

13. En el siglo XVI, las divergencias en cuanto a la interpretación y aplicación del mensaje bíblico de la justificación no solo fueron la causa principal de la división de la iglesia occidental, también dieron lugar a las condenas doctrinales. Por lo tanto, una interpretación común de la justificación es indispensable para acabar con esa división. Mediante el enfoque apropiado de estudios bíblicos recientes y recurriendo a métodos modernos de investigación sobre la historia de la teología y los dogmas, el diálogo ecuménico entablado después del Concilio Vaticano II ha permitido llegar a una convergencia notable respecto a la justificación, cuyo fruto es la presente declaración conjunta que recoge el consenso sobre los planteamientos básicos de la doctrina de la justificación. A la luz de dicho consenso, las respectivas condenas doctrinales del siglo XVI ya no se aplican a los interlocutores de nuestros días.

3. La interpretación común de la justificación


14. Las iglesias luterana y católica romana han escuchado juntas la buena nueva proclamada en las Sagradas Escrituras. Esta escucha común, junto con las conversaciones teológicas mantenidas en estos últimos años, forjaron una interpretación de la justificación que ambas comparten. Dicha interpretación engloba un consenso sobre los planteamientos básicos que, aun cuando difieran, las explicaciones de las respectivas declaraciones no contradicen.

15. En la fe, juntos tenemos la convicción de que la justificación es obra del Dios trino. El Padre envió a su Hijo al mundo para salvar a los pecadores. Fundamento y postulado de la justificación es la encarnación, muerte y resurrección de Cristo. Por lo tanto, la justificación significa que Cristo es justicia nuestra, en la cual compartimos mediante el Espíritu Santo, conforme con la voluntad del Padre. Juntos confesamos: «Solo por gracia mediante la fe en Cristo y su obra salvífica y no por algún mérito nuestro, somos aceptados por Dios y recibimos el Espíritu Santo que renueva nuestros corazones, capacitándonos y llamándonos a buenas obras».[11]

16. Todos los seres humanos somos llamados por Dios a la salvación en Cristo. Solo a través de Él somos justificados cuando recibimos esta salvación en fe. La fe es en sí don de Dios mediante el Espíritu Santo que opera en palabra y sacramento en la comunidad de creyente y que, a la vez, les conduce a la renovación de su vida que Dios habrá de consumar en la vida eterna.

17. También compartimos la convicción de que el mensaje de la justificación nos orienta sobre todo hacia el corazón del testimonio del Nuevo Testamento sobre la acción redentora de Dios en Cristo: Nos dice que en cuanto pecadores nuestra nueva vida obedece únicamente al perdón y la misericordia renovadora que de Dios imparte como un don y nosotros recibimos en la fe y nunca por mérito propio cualquiera que este sea.

18. Por consiguiente, la doctrina de la justificación que recoge y explica este mensaje es algo más que un elemento de la doctrina cristiana y establece un vínculo esencial entre todos los postulados de la fe que han de considerarse internamente relacionados entre sí. Constituye un criterio indispensable que sirve constantemente para orientar hacia Cristo el magisterio y la práctica de nuestras iglesias. Cuando los luteranos resaltan el significado sin parangón de este criterio, no niegan la interrelación y el significado de todos los postulados de la fe. Cuando los católicos se ven ligados por varios criterios, tampoco niegan la función peculiar del mensaje de la justificación. Luteranos y católicos compartimos la meta de confesar a Cristo en quien debemos creer primordialmente por ser el solo mediador (1 Ti 2:5-6) a través de quien Dios se da a sí mismo en el Espíritu Santo y prodiga sus dones renovadores (cf. fuentes de la sección 3).

4. Explicación de la interpretación común de la justificación

4.1 La impotencia y el pecado humanos respecto a la justificación

19. Juntos confesamos que en lo que atañe a su salvación, el ser humano depende enteramente de la gracia redentora de Dios. La libertad de la cual dispone respecto a las personas y las cosas de este mundo no es tal respecto a la salvación porque por ser pecador depende del juicio de Dios y es incapaz de volverse hacia él en busca de redención, de merecer su justificación ante Dios o de acceder a la salvación por sus propios medios. La justificación es obra de la sola gracia de Dios. Puesto que católicos y luteranos lo confesamos juntos, es válido decir que:

20.Cuando los católicos afirman que el ser humano «coopera", aceptando la acción justificadora de Dios, consideran que esa aceptación personal es en sí un fruto de la gracia y no una acción que dimana de la innata capacidad humana.

21.Según la enseñanza luterana, el ser humano es incapaz de contribuir a su salvación porque en cuanto pecador se opone activamente a Dios y a su acción redentora. Los luteranos no niegan que una persona pueda rechazar la obra de la gracia, pero aseveran que solo puede recibir la justificación pasivamente, lo que excluye toda posibilidad de contribuir a la propia justificación sin negar que el creyente participa plena y personalmente en su fe, que se realiza por la Palabra de Dios.

4.2 La justificación en cuanto perdón del pecado y fuente de justicia

22.Juntos confesamos que la gracia de Dios perdona el pecado del ser humano y, a la vez, lo libera del poder avasallador del pecado, confiriéndole el don de una nueva vida en Cristo. Cuando los seres humanos comparten en Cristo por fe, Dios ya no les imputa sus pecados y mediante el Espíritu Santo les transmite un amor activo. Estos dos elementos del obrar de la gracia de Dios no han de separarse porque los seres humanos están unidos por la fe en Cristo que personifica nuestra justificación (1 Co 1:30): perdón del pecado y presencia redentora de Dios. Puesto que católicos y luteranos lo confesamos juntos, es válido decir que:

23. Cuando los luteranos ponen el énfasis en que la justicia de Cristo es justicia nuestra, por ello entienden insistir sobre todo en que la justicia ante Dios en Cristo le es garantida al pecador mediante la declaración de perdón y tan solo en la unión con Cristo su vida es renovada. Cuando subrayan que la gracia de Dios es amor redentor («el favor de Dios»)[12] no por ello niegan la renovación de la vida del cristiano. Más bien quieren decir que la justificación está exenta de la cooperación humana y no depende de los efectos renovadores de vida que surte la gracia en el ser humano.

24. Cuando los católicos hacen hincapié en la renovación de la persona desde dentro al aceptar la gracia impartida al creyente como un don,[13] quieren insistir en que la gracia del perdón de Dios siempre conlleva un don de vida nueva que en el Espíritu Santo, se convierte en verdadero amor activo. Por lo tanto, no niegan que el don de la gracia de Dios en la justificación sea independiente de la cooperación humana (cf. fuentes de la sección 4.2).

4.3 Justificación por fe y por gracia

25. Juntos confesamos que el pecador es justificado por la fe en la acción salvífica de Dios en Cristo. Por obra del Espíritu Santo en el bautismo, se le concede el don de salvación que sienta las bases de la vida cristiana en su conjunto. Confían en la promesa de la gracia divina por la fe justificadora que es esperanza en Dios y amor por él. Dicha fe es activa en el amor y, entonces, el cristiano no puede ni debe quedarse sin obras, pero todo lo que en el ser humano antecede o sucede al libre don de la fe no es motivo de justificación ni la merece.

26.Según la interpretación luterana, el pecador es justificado sólo por la fe (sola fide). Por fe pone su plena confianza en el Creador y Redentor con quien vive en comunión. Dios mismo insufla esa fe, generando tal confianza en su palabra creativa. Porque la obra de Dios es una nueva creación, incide en todas las dimensiones del ser humano, conduciéndolo a una vida de amor y esperanza. En la doctrina de la «justificación por la sola fe» se hace una distinción, entre la justificación propiamente dicha y la renovación de la vida que forzosamente proviene de la justificación, sin la cual no existe la fe, pero ello no significa que se separen una y otra. Por consiguiente, se da el fundamento de la renovación de la vida que proviene del amor que Dios otorga al ser humano en la justificación. Justificación y renovación son una en Cristo quien está presente en la fe.

27. En la interpretación católica también se considera que la fe es fundamental en la justificación. Porque sin fe no puede haber justificación. El ser humano es justificado mediante el bautismo en cuanto oyente y creyente de la palabra. La justificación del pecador es perdón de los pecados y volverse justo por la gracia justificadora que nos hace hijos de Dios. En la justificación, el justo recibe de Cristo la fe, la esperanza y el amor, que lo incorporan a la comunión con él.[14] Esta nueva relación personal con Dios se funda totalmente en la gracia y depende constantemente de la obra salvífica y creativa de Dios misericordioso que es fiel a sí mismo para que se pueda confiar en él. De ahí que la gracia justificadora no sea nunca una posesión humana a la que se pueda apelar ante Dios. La enseñanza católica pone el énfasis en la renovación de la vida por la gracia justificadora; esta renovación en la fe, la esperanza y el amor siempre depende de la gracia insondable de Dios y no contribuye en nada a la justificación de la cual se podría hacer alarde ante Él (Ro 3:27). (Véase fuentes de la sección 4.3)

4.4 El pecador justificado

28. Juntos confesamos que en el bautismo, el Espíritu Santo nos hace uno en Cristo, justifica y renueva verdaderamente al ser humano, pero el justificado, a lo largo de toda su vida, debe acudir constantemente a la gracia incondicional y justificadora de Dios. Por estar expuesto, también constantemente, al poder del pecado y a sus ataques apremiantes (cf. Ro 6:12-14), el ser humano no está eximido de luchar durante toda su vida con la oposición a Dios y la codicia egoísta del viejo Adán (cf. Gá 5:16 y Ro 7:7-10). Asimismo, el justificado debe pedir perdón a Dios todos los días, como en el Padrenuestro (Mt 6:12 y 1 Jn 1:9), y es llamado incesantemente a la conversión y la penitencia, y perdonado una y otra vez.

29. Los luteranos entienden que ser cristiano es ser «al mismo tiempo justo y pecador». El creyente es plenamente justo porque Dios le perdona sus pecados mediante la Palabra y el Sacramento, y le concede la justicia de Cristo que él hace suya en la fe. En Cristo, el creyente se vuelve justo ante Dios pero viéndose a sí mismo, reconoce que también sigue siendo totalmente pecador; el pecado sigue viviendo en él (1 Jn 1:8 y Ro 7:17-20), porque se torna una y otra vez hacia falsos dioses y no ama a Dios con ese amor íntegro que debería profesar a su Creador (Dt 6:5 y Mt 22:36-40). Esta oposición a Dios es en sí un verdadero pecado pero su poder avasallador se quebranta por mérito de Cristo y ya no domina al cristiano porque es dominado por Cristo a quien el justificado está unido por la fe. En esta vida, entonces, el cristiano puede llevar una existencia medianamente justa. A pesar del pecado, el cristiano ya no está separado de Dios porque renace en el diario retorno al bautismo, y a quien ha renacido por el bautismo y el Espíritu Santo, se le perdona ese pecado. De ahí que el pecado ya no conduzca a la condenación y la muerte eterna.[15] Por lo tanto, cuando los luteranos dicen que el justificado es también pecador y que su oposición a Dios es un pecado en sí, no niegan que, a pesar de ese pecado, no sean separados de Dios y que dicho pecado sea un pecado «dominado». En estas afirmaciones coinciden con los católicos romanos, a pesar de la diferencia de la interpretación del pecado en el justificado.

30. Los católicos mantienen que la gracia impartida por Jesucristo en el bautismo lava de todo aquello que es pecado «propiamente dicho» y que es pasible de «condenación» (Ro 8:1).[16] Pero de todos modos, en el ser humano queda una propensión (concupiscencia) que proviene del pecado y compele al pecado. Dado que según la convicción católica, el pecado siempre entraña un elemento personal y dado que este elemento no interviene en dicha propensión, los católicos no la consideran pecado propiamente dicho. Por lo tanto, no niegan que esta propensión no corresponda al designio inicial de Dios para la humanidad ni que esté en contradicción con Él y sea un enemigo que hay que combatir a lo largo de toda la vida. Agradecidos por la redención en Cristo, subrayan que esta propensión que se opone a Dios no merece el castigo de la muerte eterna[17] ni aparta de Dios al justificado. Ahora bien, una vez que el ser humano se aparta de Dios por voluntad propia, no basta con que vuelva a observar los mandamientos ya que debe recibir perdón y paz en el Sacramento de la Reconciliación mediante la palabra de perdón que le es dado en virtud de la labor reconciliadora de Dios en Cristo (véase fuentes de la sección 4.4).

4.5 Ley y evangelio

31. Juntos confesamos que el ser humano es justificado por la fe en el evangelio «sin las obras de la Ley» (Ro 3:28). Cristo cumplió con ella y, por su muerte y resurrección, la superó en cuanto medio de salvación. Asimismo, confesamos que los mandamientos de Dios conservan toda su validez para el justificado y que Cristo, mediante su magisterio y ejemplo, expresó la voluntad de Dios que también es norma de conducta para el justificado.

32. Los luteranos declaran que para comprender la justificación es preciso hacer una distinción y establecer un orden entre ley y evangelio. En teología, ley significa demanda y acusación. Por ser pecadores, a lo largo de la vida de todos los seres humanos, cristianos incluidos, pesa esta acusación que revela su pecado para que mediante la fe en el evangelio se encomienden sin reservas a la misericordia de Dios en Cristo que es la única que los justifica.

33. Puesto que la ley en cuanto medio de salvación fue cumplida y superada a través del evangelio, los católicos pueden decir que Cristo no es un «legislador» como lo fue Moisés. Cuando los católicos hacen hincapié en que el justo está obligado a observar los mandamientos de Dios, no por ello niegan que mediante Jesucristo, Dios ha prometido misericordiosamente a sus hijos, la gracia de la vida eterna[18] (véase fuentes de la sección 4.5)

4.6 Certeza de salvación

34. Juntos confesamos que el creyente puede confiar en la misericordia y las promesas de Dios. A pesar de su propia flaqueza y de las múltiples amenazas que acechan su fe, en virtud de la muerte y resurrección de Cristo puede edificar a partir de la promesa efectiva de la gracia de Dios en la Palabra y el Sacramento y estar seguros de esa gracia.

35. Los reformadores pusieron un énfasis particular en ello: En medio de la tentación, el creyente no debería mirarse a sí mismo sino contemplar únicamente a Cristo y confiar tan solo en él. Al confiar en la promesa de Dios tiene la certeza de su salvación que nunca tendrá mirándose a sí mismo.

36. Los católicos pueden compartir la preocupación de los reformadores por arraigar la fe en la realidad objetiva de la promesa de Cristo, prescindiendo de la propia experiencia y confiando solo en la palabra de perdón de Cristo (cf. Mt 16:19 y 18:18). Con el Concilio Vaticano II, las católicos declaran: Tener fe es encomendarse plenamente a Dios[19] que nos libera de la oscuridad del pecado y la muerte y nos despierta a la vida eterna.[20] Al respecto, cabe señalar que no se puede creer en Dios y, a la vez, considerar que la divina promesa es indigna de confianza. Nadie puede dudar de la misericordia de Dios ni del mérito de Cristo. No obstante, todo ser humano puede interrogarse acerca de su salvación, al constatar sus flaquezas e imperfecciones. Ahora bien, reconociendo sus propios defectos, puede tener la certeza de que Dios ha previsto su salvación (véase fuentes de la sección 4.6).

4.7 Las buenas obras del justificado

37. Juntos confesamos que las buenas obras, una vida cristiana de fe, esperanza y amor, surgen después de la justificación y son fruto de ella. Cuando el justificado vive en Cristo y actúa en la gracia que le fue concedida, en términos bíblicos, produce buen fruto. Dado que el cristiano lucha contra el pecado toda su vida, esta consecuencia de la justificación también es para él un deber que debe cumplir. Por consiguiente, tanto Jesús como los escritos apostólicos amonestan al cristiano a producir las obras del amor.

38. Según la interpretación católica, las buenas obras, posibilitadas por obra y gracia del Espíritu Santo, contribuyen a crecer en gracia para que la justicia de Dios sea preservada y se ahonde la comunión en Cristo. Cuando los católicos afirman el carácter «meritorio» de las buenas obras, por ello entienden que, conforme al testimonio bíblico, se les promete una recompensa en el cielo. Su intención no es cuestionar la índole de esas obras en cuanto don, ni mucho menos negar que la justificación siempre es un don inmerecido de la gracia, sino poner el énfasis en la responsabilidad del ser humanos por sus actos.

39. Los luteranos también sustentan el concepto de preservar la gracia y de crecer en gracia y fe, haciendo hincapié en que la justicia en cuanto ser aceptado por Dios y compartir la justicia de Cristo es siempre completa. Asimismo, declaran que puede haber crecimiento por su incidencia en la vida cristiana. Cuando consideran que las buenas obras del cristiano son frutos y señales de la justificación y no de los propios «méritos", también entienden por ello que, conforme al Nuevo Testamento, la vida eterna es una «recompensa» inmerecida en el sentido del cumplimiento de la promesa de Dios al creyente.

5. Significado y alcance del consenso logrado

40. La interpretación de la doctrina de la justificación expuesta en la presente declaración demuestra que entre luteranos y católicos hay consenso respecto a los postulados fundamentales de dicha doctrina. A la luz de este consenso, las diferencias restantes de lenguaje, elaboración teológica y énfasis, descritas en los párrafos 18 a 39, son aceptables. Por lo tanto, las diferencias de las explicaciones luterana y católica de la justificación están abiertas unas a otras y no desbaratan el consenso relativo a los postulados fundamentales.

41. De ahí que las condenas doctrinales del siglo XVI, por lo menos en lo que atañe a la doctrina de la justificación, se vean con nuevos ojos: Las condenas del Concilio de Trento no se aplican al magisterio de las iglesias luteranas expuesto en la presente declaración y, la condenas de las Confesiones Luteranas, no se aplican al magisterio de la Iglesia Católica Romana, expuesto en la presente declaración.

42. Ello no quita seriedad alguna a las condenas relativas a la doctrina de la justificación. Algunas distaban de ser simples futilidades y siguen siendo para nosotros «advertencias saludables» a las cuales debemos atender en nuestro magisterio y práctica.[21]

43. Nuestro consenso respecto a los postulados fundamentales de la doctrina de la justificación debe llegar a influir en la vida y el magisterio de nuestras iglesias. Allí se comprobará. Al respecto, subsisten cuestiones de mayor o menor importancia que requieren ulterior aclaración, entre ellas, temas tales como: La relación entre la Palabra de Dios y la doctrina de la iglesia, eclesiología, autoridad en la iglesia, ministerio, los sacramentos y la relación entre justificación y ética social. Estamos convencidos de que el consenso que hemos alcanzado sienta sólidas bases para esta aclaración. Las iglesias luteranas y la Iglesia Católica Romana seguirán bregando juntas por profundizar esta interpretación común de la justificación y hacerla fructificar en la vida y el magisterio de las iglesias.

44. Damos gracias al Señor por este paso decisivo en el camino de superar la división de la iglesia. Pedimos al Espíritu Santo que nos siga conduciendo hacia esa unidad visible que es voluntad de Cristo.


Iglesia Católica - Federación Luterana Mundial.
Augsburgo, 31 de octubre de 1999 


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N.de T. Se dejaron en inglés o alemán las notas al pie de página y los documentos de referencia que no se han publicado en español.

[1]Artículos de Esmascalda, II, 1; Libro de concordia, 292.

[2]«Rector et judex super omnia genera doctrinarum», Weimar Edition of Luther's Works (WA), 39,I,205.

[3]Cabe señalar que las confesiones vinculantes de algunas iglesias luteranas solo abarcan la Confesión de Augsburgo y el Catecismo menor de Lutero, textos que no contienen condenas acerca de la justificación en relación con la Iglesia Católica Romana.

[4]Report of the Joint Lutheran-Roman Catholic Study Commission, published in Growth in Agreement (New York; Geneva, 1984) - pp.168-189.

[5]Published by the Lutheran World Federation (Geneva, 1994).

[6]Lutheran and Catholics in Dialogue VII (Minneapolis, 1985).

[7]Minneapolis, 1990.

[8]Gemeinsame Stellungnahme der Arnoldshainer Konferenz, der Vereinigten Kirche und des Deutschen Nationalkomitees des Lutherischen Weltbundes zum Dokument «Lehrverurteilungen-kirchentrennend?», Ökumenische Rundschau 44 (1995):99-102; including the position papers which underlie this resolution, cf. Lehrverurteilungen im Gespräch, Die ersten offiziellen Stellungnahmen aus den evangelischen Kirchen in Deutschland (Göttingen: Vandenhoeck & Ruprecht, 1993).

[9]En la presente declaración, la palabra «iglesia» se utiliza para reflejar las propias interpretaciones de las iglesias participantes sin que se pretenda resolver ninguna de las cuestiones eclesiológicas relativas a dicho término.

[10]Cf.Malta Report paras. 26-30 y Justification by Faith, paras. 122-147. At the request of the US dialogue on justification, the non-Pauline New Testament texts were addressed in Righteousness in the New Testament, by John Reumann, with responses by Joseph A. Fitzmyer and Jerome D.Quinn (Philadelphia; New York: 1982), pp.124-180. The results of this study were summarized in the dialogue report Justification by Faith in paras 139-142.

[11]All Under One Christ, para 14 in Growth in Agreement, 241-247.

[12]Cf.WA 8:106; American Edition 32:227.

[13]Cf. DS 1528.

[14]Cf. DS 1530.

[15]Cf. Apology II:38-45, Libro de concordia, 105f.

[16]Cf. DS 1515.

[17]Cf. DS 1515.

[18]Cf. DS 1545.

[19]Cf. DV 5.

[20]Cf. DV 4.

[21]Condemnations of the Reformation Era,27.

¿Qué significa el conocido término "Excomunión Latae Sententiae"?



Latae sententiae es un término que se usa en la Iglesia Católica para describir una situación en la que una persona se excomulga automáticamente por cometer ciertos actos graves, sin necesidad de una declaración formal por parte de la autoridad eclesiástica. Vamos a explorar juntos este concepto fascinante.

La excomunión latae sententiae proviene del latín y significa "sentencia ya pronunciada". Esto implica que, si un católico comete ciertos pecados graves, queda automáticamente excomulgado de la comunión de la Iglesia. Esta forma de excomunión se basa en la ley divina y se encuentra respaldada por la tradición y la enseñanza de la Iglesia.

En el contexto católico, la excomunión latae sententiae se aplica a ciertos delitos graves, como la apostasía (abandonar la fe cristiana), la herejía (rechazar enseñanzas esenciales de la Iglesia y aferrarse al error a pesar de que se le haya mostrado la verdad), y la realización de un aborto (o ayudar a que éste se cometa), entre otros. Estos actos son considerados tan serios que la Iglesia, siguiendo la enseñanza de Jesucristo y las Sagradas Escrituras, establece la excomunión automática como consecuencia.

Para entender mejor este concepto, podemos referirnos a las Escrituras. En la carta de San Pablo a los Corintios, él habla sobre la importancia de discernir el Cuerpo y la Sangre de Cristo durante la Eucaristía. En 1 Corintios 11, 27-29, Pablo dice: "Por tanto, el que come el pan o bebe la copa del Señor indignamente, será reo del cuerpo y de la sangre del Señor. Así que, examine cada uno su manera de comer el pan y de beber la copa. Porque el que come y bebe sin discernir el cuerpo, come y bebe juicio para sí".

Este pasaje subraya la importancia de participar en la Eucaristía con reverencia y respeto, reconociendo verdaderamente la presencia de Cristo en la Santa Comunión. Aquellos que cometen actos graves que los separan de la comunión con Cristo y su Iglesia, como los mencionados anteriormente, caen bajo la excomunión latae sententiae porque han violado la unidad y la santificación que la Eucaristía representa.

Además, el Catecismo de la Iglesia Católica, en su párrafo 1463, nos enseña sobre la excomunión latae sententiae y cómo se aplica en ciertos casos: "Ciertos delitos, particularmente los más graves, como el atentado contra la Eucaristía, la ordenación válida de un obispo, el sacerdocio o la recepción del sacramento del orden, la violación del sigilo sacramental, el atentado físico al Romano Pontífice y el aborto, si incurren en ellos los laicos, deben ser castigados con penas canónicas proporcionadas, no excluyentes de la excomunión latae sententiae".

Esta enseñanza del Catecismo ilustra cómo la Iglesia, en su sabiduría y amor pastoral, establece límites claros para proteger la santidad y la integridad de los sacramentos y, por ende, de la comunidad de creyentes.

Es importante destacar que la excomunión latae sententiae no es una condena definitiva. La Iglesia, en su misericordia, siempre está dispuesta a recibir de vuelta a aquellos que se han alejado, a través del Sacramento de la Reconciliación. La confesión sincera y arrepentida, acompañada de un corazón contrito, permite que incluso aquellos que han caído en la excomunión latae sententiae sean reconciliados con Dios y con la comunidad eclesial.

Autor: Padre Ignacio Andrade.

¿Qué hay de malo en las "5 solas" protestantes (Sola Fe, Sola Escritura, Sola Gracia, Solo Cristo, Solo a Dios la Gloria)?



Primero, hablemos sobre la "Sola Fide", la doctrina de la salvación solo por la fe. Desde la perspectiva católica, la fe es ciertamente esencial para nuestra relación con Dios. Como nos enseña el apóstol Pablo en Efesios 2, 8-9, "Por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe". Nuestra diferencia en la interpretación de este versículo con los hermanos protestantes radica en que nosotros entendemos que aquí San Pablo está hablando de las obras de la ley (los 613 preceptos que tienen que seguir los judíos), no de las obras del amor al prójimo. 

Ciertamente nosotros también creemos que la salvación es por medio de la fe en Jesucristo y no por las obras de la ley. Además para nosotros la fe es una espera en las promesas de Dios, no un simple acto de creer en la existencia de algo, por eso creemos que nos salvaremos conservando hasta el final la fe en Jesús y nuestra fe la demostramos actuando como Jesús espera de nosotros, obrando en el amor. 

Por eso los católicos también creemos que la fe debe estar acompañada por las obras, como nos dice Santiago 2, 14, "¿De qué sirve, hermanos míos, si alguien dice que tiene fe, pero no tiene obras? ¿Podrá acaso salvarlo esa fe?".

La fe, para nosotros, es dinámica y viva. Nos impulsa a amar y servir a los demás, a hacer el bien y a vivir de acuerdo con los mandamientos de Dios. Creemos que nuestra relación con Dios se profundiza no solo a través de la fe intelectual, sino también a través de acciones concretas de amor y obediencia. Por lo tanto, aunque la fe es fundamental, no podemos separarla de las obras en nuestra comprensión de la salvación.

No estaríamos en contra de decir "solo la fe", si se entendiera que la fe que salva es una fe que obra por medio del amor (Gálatas 5, 6). Sin embargo, los católicos consideramos que decir "solo la fe", puede ser algo confuso, pues puede transmitir la idea equivocada de que las obras del amor no son necesarias.

En cuanto a "Sola Scriptura", la idea de que solo la Escritura es la autoridad final en cuestiones de fe y práctica, los católicos valoramos profundamente la Sagrada Escritura como la Palabra de Dios inspirada. Sin embargo, también creemos que la Tradición Apostólica, que se transmite desde los apóstoles a través de la Iglesia, es igualmente importante. San Pablo insta a los tesalonicenses a mantener las tradiciones que les enseñaron, ya sea por palabra o por carta (2 Tesalonicenses 2, 15). La Iglesia católica, guiada por el Espíritu Santo, interpreta y enseña la Escritura en el contexto de esta Tradición viva, lo que enriquece nuestra comprensión de la Palabra de Dios.

En relación con "Solo Christo", la creencia de que solo Cristo es nuestro mediador ante Dios, los católicos estamos completamente de acuerdo. Jesucristo es el único mediador entre Dios y los hombres, como nos dice 1 Timoteo 2, 5. Sabemos que solo Cristo con su muerte y resurrección fue el mediador que logró reconciliarnos con Dios Padre. Sin embargo, también creemos en la comunión de los santos, es decir, en la intercesión y el apoyo mutuo entre los fieles, tanto en la Tierra como en el Cielo. La Virgen María y los santos son ejemplos para nosotros y, a través de su intercesión, nos acercan más a Cristo. Los católicos creemos que solo Cristo salva; nada fuera de su sacrificio en la cruz puede salvarnos, pero igual que pasa con la expresión "sola fe", al decir "solo Cristo" creemos que se puede crear una confusión donde se anula la comunión viva y activa de los santos. Imagina que te paras frente a tu familia y dices "solo mi padre", ¿no sería un lenguaje que pareciera expresar que no te importan tus hermanos ni ningún otro miembro de tu familia?

"Sola Gratia", la creencia de que la gracia de Dios es la única causa de nuestra salvación, es algo que los católicos también afirmamos. La gracia de Dios es fundamental en nuestra vida espiritual. Como nos enseña Efesios 2, 8, "Por gracia sois salvos". Sin embargo, en la perspectiva católica, la gracia no es meramente un regalo que recibimos una vez, sino un poder transformador que nos ayuda a crecer en santidad a lo largo de toda nuestra vida. Nosotros cooperamos con la gracia de Dios a través de nuestras acciones, nuestras oraciones. La gracia es una asistencia gratuita de Dios, pero queda en nosotros qué hacemos con ese regalo que Dios nos da.

Finalmente, "Soli Deo Gloria", que significa "Solo a Dios la gloria", es un principio con el que los católicos estamos totalmente de acuerdo. Toda gloria y honor pertenecen a Dios, y nuestra vida debe estar centrada en Él. Como nos dice 1 Corintios 10, 31, "Así que, ya comáis, ya bebáis, o hagáis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios". En todo lo que hacemos, buscamos glorificar a Dios y obedecer Su voluntad.

Entonces, ¿qué hay de malo en las "5 solas" protestantes desde la perspectiva católica? No es que estemos en desacuerdo con los principios básicos de estas afirmaciones, sino que creemos que la realidad es más rica y compleja de lo que estos principios pueden capturar por sí solos. Nuestra fe católica abarca la Escritura y la Tradición, la fe y las obras, la gracia de Dios y nuestra respuesta amorosa a ella. Creemos en la importancia de los santos como ejemplos y amigos espirituales, y buscamos glorificar a Dios en todas las áreas de nuestras vidas.

En última instancia, mi amigo, lo más importante es que, a pesar de nuestras diferencias teológicas, compartimos un amor profundo por nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Estamos unidos en nuestra búsqueda de vivir según Su ejemplo y en nuestra devoción a amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Que este entendimiento mutuo y amor fraterno nos guíen mientras continuamos creciendo en nuestra fe hasta llegar a alcanzar una completa y plena comunión. 

Autor: Padre Ignacio Andrade.

Fraternidad San Pío X acusa al Papa de "abuso de poder" por medidas sobre Misa en latín.


 
“La impresión general que surge de estos documentos –Motu proprio y carta adjunta del Papa– da la impresión de un sectarismo acompañado de un abuso de poder manifiesto". Esta es la conclusión a la que llega la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX) en su reacción al último motu proprio de Francisco, 

‘Traditionis Custodes’.

En el nuevo documento, hecho público por la Santa Sede el pasado 16 de julio, se acotan las licencias que Benedicto XVI ofrecía, con ‘Summorum Pontificum’ a la celebración de la misa en la forma litúrgica previa al Concilio Vaticano II. Un privilegio que, si bien fue concedido pensando en el acercamiento a grupos tradicionales y cismáticos como la propia FSSPX –la cual no forma parte de la Iglesia católica debido a su negativa a aceptar el Concilio–, ha visto en estos últimos años, tal como se señala en el texto de Francisco un abuso de excepcionalidad.

“Ha sido aprovechada para aumentar las distancias, endurecer las diferencias y construir oposiciones que hieren a la Iglesia y dificultan su progreso, exponiéndola al riesgo de la división”, se subraya en ‘Traditionis Custodes’. “Me entristecen por igual los abusos de unos y otros en la celebración de la liturgia”, asegura el Papa.

Desertificación por el nuevo rito

A pesar de sus explicaciones, los lefebvrianos han visto la decisión del Pontífice como un ataque, y afirman que no acatarán esta nueva ley. “La Misa Tradicional pertenece a la parte más íntima del bien común en la Iglesia, por lo tanto, restringirla, rechazarla, arrojarla a los guetos y, en última instancia, planificar su desaparición, no puede tener ninguna legitimidad”, argumentan. “Esta ley no es una ley de la Iglesia, porque, como dice Santo Tomás, una ley no puede ser válida si atenta contra el bien común”, apuntan.

“Sin duda, imaginan que su total desaparición hará que los fieles regresen a las iglesias drenadas de lo sagrado. Trágico error”, continúa el comunicado de los lefebvrianos, quienes consideran que “el magnífico auge de esta celebración digna de Dios solo resalta más su pobreza” y que “ella no es la causa de la desertificación producida por el nuevo rito”.

Por otro lado, la FSSPX se muestra convencida de que este motu proprio, si bien “tarde o temprano terminará en el olvido de la historia de la Iglesia”, no es “una buena noticia en sí mismo”, ya que “marca un freno, por parte de la Iglesia, en la reapropiación de su Tradición, y retrasará el fin de la crisis que ha durado más de sesenta años”.

Críticas directas a la pastoral del Papa

Asimismo, los lefebvrianos aprovechan su disconformidad con el motu proprio para criticar duramente la pastoral del Papa, desde su postura por la dignidad de los migrantes hasta la preservación del medio ambiente. “Mientras Francisco se convierte en el defensor de las especies animales o vegetales en peligro de extinción, decide y promulga la extinción de aquellos que están apegados al rito inmemorial de la Santa Misa”, dicen. “Esta especie ya no tiene derecho a vivir: debe desaparecer. Y se utilizarán todos los medios para lograr este resultado”.

Al mismo tiempo, señalan que “mientras el Papa no deja de ocuparse de todo tipo de migrantes, en las prisiones que instala queda estrictamente prohibida cualquier tipo de intrusión”, haciendo referencia a que no se favorezca que más grupos adopten esta forma de celebrar la eucaristía. Una medida que, para la FSSPX, “también es similar a una esterilización: queda prohibida la reproducción y perpetuación de estos salvajes del pasado que deben desaparecer”.

Por otra parte, acusan a Francisco de aprobar “veladamente” las bendiciones a parejas homosexuales “a través de su mensaje al Padre Martin” y, mientras tanto, asegurarse de que “los futuros sacerdotes serán estrechamente vigilados si consideran la posibilidad de celebrar según la Misa de San Pío V”.

Por último, los lefebvrianos aseguran que, con este texto, se constata que “el gran miedo a la contaminación del virus lefebvrista es exorcizado con la vacuna obligatoria Vat. II”. Sin embargo, “en cuanto a la Fraternidad San Pío X, encuentra en esto un nuevo motivo de fidelidad a su fundador, Monseñor Marcel Lefebvre, y de admiración por su previsión, su prudencia y su fe”.

“Si bien la Misa tradicional está en vías de ser eliminada, y las promesas hechas a las sociedades Ecclesia Dei también se están cumpliendo, la Fraternidad San Pío X encuentra en la libertad que le legó el Obispo de Hierro, la posibilidad de continuar luchando por la fe y el reinado de Cristo Rey”, concluyen

El famoso Sacerdote "gamer" y "youtuber" Dani Pajuelo abandona el sacerdocio ministerial: «He solicitado la dispensa de mis votos religiosos y del ministerio sacerdotal»


El hasta ahora religioso marianista, conocido por ser uno de los impulsores de la evangelización digital, anuncia esta decisión “con mucha paz y después de varios años de discernimiento”

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“Después de un tiempo de silencio y recapacitación, he tomado la decisión de solicitar la dispensa de mis votos religiosos y del ministerio sacerdotal. Estoy en paz con la decisión tomada”. Con estas palabras, se manifestaba hoy a través de sus redes sociales Daniel Pajuelo.  Valenciano de 46 años, es uno de los grandes impulsores de la evangelización en internet. “Dejo mi presencia en el medio público, en el que siempre me mantuve con afán evangelizador, y pido respeto en mi decisión de salir del foco mediático”, expone a la vez que subraya que “agradezco profundamente el apoyo recibido durante este tiempo por muchos de vosotros”.

Y es que, no solo ha sido uno de los fundadores del proyecto iMision, sino que a través de las redes sociales y también en el aula como docente, se ha servido de las nuevas tecnologías para hacer presente el Evangelio a jóvenes y adultos de hoy. Prueba de ello es que su canal de YouTube llegó a superar el millón de seguidores, un reflejo de su capacidad de contagiar esa Iglesia para “todos, todos, todos” que reivindica el Papa Francisco. Sin embargo, esta exposición pública y su apuesta por la cultura del encuentro se ha traducido en un ‘tsunami’ de ataques personales e institucionales. Pajuelo comparte con ‘Vida Nueva’ qué le ha llevado a tomar esta decisión.

PREGUNTA.-Supongo que no ha sido fácil tomar la decisión y que no ha sido fruto de un bajón emocional momentáneo…

RESPUESTA.- En mi decisión no hay un solo factor, han sido varias cosas las que han confluido poniendo en crisis mis planteamientos vitales. Desde el primer momento he estado acompañado y recibiendo la ayuda necesaria para poder distinguir con claridad y avanzar con serenidad. Tomo esta decisión con mucha paz, después de varios años de discernimiento.

P.-¿Ha influido en su decisión la presión que has sufrido por su entrega como misionero digital?

R.-Directamente no, la decisión final está purificada de todas esas presiones, aunque el acoso y difamación a la que algunos medios católicos y sacerdotes ‘influencers’ me han sometido, me causaron una gran tristeza en su momento. Me costó procesar como aquellos que decían ser mis hermanos en la fe, a la vez procuraban mi tropiezo, instigaban a otros a dañarme y se alegraban del mal que sufría.

P.-¿Cómo ha reaccionado la familia marianista a su salida? ¿Se ha sentido respetado?

R.-Desde el primer momento me han dejado claro que lo importante era mi persona, y he sentido en todo momento que así era. Aunque toda salida produce tristeza en ambas partes, también he visto en muchas personas un respeto auténtico y una alegría sincera al ver que mi decisión era la mejor para mi vida. Me siento profundamente agradecido por todo lo vivido y el bien realizado. Mi amor por las personas con las que he ido tejiendo todos estos años no ha decaído, y sé que la amistad con muchos de ellos continuará por el resto de nuestros días.

P.-¿Y ahora qué? ¿Qué va a ser de Dani Pajuelo a partir de mañana?

R.-Dejo el medio público, en el que me mantuve siempre con el deseo de evangelizar. Deseo alejarme del foco mediático, y pido a los medios y en general a todos, respeto por esta decisión. Si algo tengo claro es que quiero seguir amando y procurando el bien a las personas con las que me cruce en el camino. Voy a intentarlo con las fuerzas que me quedan.

Con información de: Vida Nueva Digital

Cuidado con caer en la idolatría: Guía para una correcta devoción a San Judas Tadeo


La devoción a los santos, incluyendo a San Judas Tadeo, es una parte hermosa y rica de nuestra tradición católica, pero es esencial que siempre pongamos a Jesús en el centro de nuestra adoración y reverencia. Tristemente a veces los festejos a San Judas Tadeo suelen caer en los excesos, en una veneración extrema que a veces raya en la idolatría, pues parecer poner a San Judas por encima de nuestro Señor Jesucristo, por ello hay quienes comentan que al parecer se ha creado una religión paralela, el "sanjudismo".

En Mateo 22, 37-38, Jesús nos da el mandamiento más importante: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el más grande y el primer mandamiento". En cualquier acto de devoción, ya sea hacia un santo o a la Virgen María, siempre debemos recordar este mandamiento fundamental. Los santos, incluyendo a San Judas Tadeo, son ejemplos inspiradores de cómo vivir una vida santa, pero son intercesores ante Dios, no sustitutos de Dios.

La veneración adecuada a San Judas Tadeo implica entender su papel como intercesor y seguir el ejemplo de su fe y virtud. Aquí te dejo una guía para ayudarte a mantener una devoción a San Judas Tadeo equilibrada y centrada en Cristo:

1. Conoce a San Judas Tadeo:

Es importante entender quién fue San Judas Tadeo. Era uno de los doce apóstoles de Jesús, conocido por su valentía y su dedicación a la fe. Aprende sobre su vida y su legado, pero recuerda que su grandeza proviene de su relación con Cristo.

2. La Oración como Guía:

Reza la oración a San Judas Tadeo con devoción, pidiendo su intercesión en tus necesidades. Sin embargo, recuerda que las oraciones son una forma de comunicarte con Dios. Jesús nos enseñó la Oración del Padre Nuestro en San Mateo 6, 9-13, y esta oración debe ser central en nuestra vida de oración.

3. Sé Agradecido:

Cuando San Judas Tadeo interceda por ti y tus necesidades sean satisfechas, sé agradecido. Agradece a Dios por escuchar tus oraciones y por la intercesión de San Judas Tadeo. La gratitud es una forma poderosa de mantener el enfoque en Dios.

4. La Comunión de los Santos:

Recuerda que somos parte de la Comunión de los Santos, una familia espiritual que incluye a los fieles en la Tierra, en el Cielo y en el Purgatorio. La intercesión de los santos es un regalo precioso de Dios. San Judas Tadeo es nuestro amigo en el Cielo que ora por nosotros, pero siempre debemos reconocer que es a través de Jesús que llegamos a Dios.

5. Lectura Bíblica y Enseñanzas de la Iglesia:

Lee regularmente la Biblia y estudia las enseñanzas de la Iglesia Católica, incluyendo el Catecismo de la Iglesia Católica. La Palabra de Dios y las enseñanzas de la Iglesia son las fuentes más sólidas de nuestra fe y nos ayudan a discernir lo que es verdadero y apropiado en nuestra devoción.

En el Catecismo de la Iglesia Católica, en el párrafo 2116, se nos advierte sobre la idolatría: "El que venera a un ídolo se priva del amor de Dios. El idolatra peca contra el primer mandamiento". Por lo tanto, siempre debemos ser conscientes de no caer en prácticas que desvíen nuestra atención de Dios y pongan a otros seres, incluso a los santos, por encima de Él.

Recuerda que los santos, incluyendo a San Judas Tadeo, son ejemplos de la gracia transformadora de Dios en las vidas humanas. Nos muestran cómo responder a la llamada de Dios con fe y obediencia. Al seguir su ejemplo, estamos siguiendo el camino hacia Jesús.

Finalmente, mi amigo, te animo a mantener una relación personal y amorosa con Jesús a través de la oración, la lectura de la Biblia, la participación en los sacramentos y el servicio a los demás. Siempre que te sientas tentado a desviarte, recuerda las palabras de Jesús en San Juan 14, 6: "Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por mí". Mantén a Jesús en el centro de tu vida y tu devoción, y todo lo demás encontrará su lugar adecuado.

Espero que esta guía te sea útil. Que Dios te bendiga y te guíe en tu camino de fe. Estoy aquí para ti siempre que necesites orientación o apoyo en tu viaje espiritual. ¡Que la paz de Cristo esté contigo!

Autor: Padre Ignacio Andrade.

¿Qué significa 'Aleluya' en la biblia?


En la Biblia, la palabra "aleluya" es una expresión de alabanza y adoración a Dios que aparece en el Antiguo y en el Nuevo Testamento. Tiene sus raíces en el hebreo antiguo y se compone de dos partes: "halel", que significa "alabar", y "Yah", que es una abreviatura del nombre divino de Dios, Yahvé. Entonces, "aleluya" es una invitación a alabar a Yahvé, nuestro amado Dios.

En el Antiguo Testamento, específicamente en los Salmos, encontramos numerosas ocasiones en las que se usa la palabra "aleluya". Por ejemplo, en el Salmo 146, 1-2 leemos: "¡Aleluya! ¡Alaba, alma mía, al Señor! Alabaré al Señor toda mi vida; mientras viva, cantaré salmos a mi Dios." Esta es una clara muestra de cómo los salmistas utilizaban esta palabra para expresar su gratitud y amor a Dios.

En el Nuevo Testamento, "aleluya" aparece principalmente en el libro de Apocalipsis, que es una revelación de Jesucristo. En Apocalipsis 19, 1-6, leemos sobre la exaltación en el cielo: "Después de esto oí lo que parecía una multitud inmensa, como el estruendo de muchas aguas y de fuertes truenos, que decía: '¡Aleluya! Porque el Señor, nuestro Dios Todopoderoso, ha comenzado a reinar. Alegrémonos y regocijémonos y démosle gloria, porque han llegado las bodas del Cordero; su esposa se ha preparado. Y se le concedió vestirse de lino fino, resplandeciente y limpio. (El lino fino representa los actos justos de los santos). Luego me dijo: 'Escribe: Dichosos los invitados a la cena de bodas del Cordero'. Y añadió: 'Estas son las palabras verdaderas de Dios'."

Este pasaje nos muestra la imagen celestial de la alabanza a Dios, donde todas las criaturas se unen en una exaltación jubilosa, proclamando "aleluya" en reconocimiento de la soberanía y la gracia de Dios. Es un recordatorio poderoso de nuestra esperanza como creyentes: el triunfo final del bien sobre el mal y la celebración eterna en la presencia de Dios.

En el Catecismo de la Iglesia Católica, en el párrafo 2639, se nos enseña sobre la importancia de la alabanza y cómo el "aleluya" es una expresión fundamental de esta alabanza: "La oración de alabanza es una forma de oración difícilmente espontánea, ya que tiene que nacer de la contemplación de las maravillas de la obra creadora y de la acción redentora de Dios: 'El universo entero ha sido creado para alabanza de Dios. Y el hombre, imagen de Dios, también ha sido creado para este fin. La alabanza es, pues, la finalidad última de toda la creación; el hombre es su centro y su cima' (San Juan Damasceno). Por tanto, la alabanza es el corazón de cualquier oración, y el 'aleluya' de la asamblea litúrgica es su cima".

Como puedes ver, "aleluya" va más allá de ser simplemente una palabra de celebración; es un recordatorio de nuestra vocación como seres creados para alabar y adorar a nuestro Creador. Nos conecta con la tradición antigua de los salmistas y nos proyecta hacia el futuro, hacia el día en que nos uniremos a la multitud celestial en una alabanza eterna y gozosa.

Espero que esta explicación haya iluminado tu comprensión sobre el significado de "aleluya" en la Biblia. Si tienes más preguntas o si hay algún otro tema sobre el que te gustaría aprender, no dudes en preguntar. Estoy aquí para ayudarte en tu camino de fe.

Que la paz y la gracia de nuestro Señor Jesucristo estén contigo siempre.

Con cariño en Cristo,

Padre Ignacio Andrade.

7 Mujeres en la biblia que dejaron huella


Las historias de las mujeres en la Biblia son verdaderamente inspiradoras y nos ofrecen lecciones valiosas sobre la fe, la valentía y la gracia divina. Permíteme compartir contigo sobre siete mujeres destacadas, incluyendo a María y Sara, que han dejado una huella imborrable en la historia de nuestra fe.

1. María, la Madre de Jesús:

Por supuesto que nuestra lista la encabeza la primer cristiana de la historia, María, la madre de nuestro Señor Jesucristo y madre de todos los que reconocemos a Jesús como nuestro Salvador. Su papel en la historia de la salvación es inigualable. En Lucas 1, 28, el ángel Gabriel le dice: "Alégrate, llena de gracia, El Señor está contigo". María, con su valentía y humildad, acepta ser la madre de Jesús al decir: "He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra" (Lucas 1, 38). María nos enseña sobre la importancia de decir "sí" a Jesús y a la voluntad de Dios y confiar en Su plan divino para nuestras vidas.

2. Sara:

Sara, la esposa de Abraham, es un pilar en la historia de nuestra fe. A pesar de su vejez y esterilidad, Dios cumplió Su promesa de darle un hijo, Isaac. En Hebreos 11, 11, se nos dice: "Por la fe también Sara misma recibió fuerza para concebir y dio a luz aun fuera del tiempo de la edad, porque creyó que era fiel quien lo había prometido". La fe de Sara nos enseña sobre la importancia de confiar en la fidelidad de Dios, incluso cuando las circunstancias parecen imposibles.

3. Débora:

Débora fue una jueza y profetisa en Israel durante un tiempo en que el pueblo estaba en decadencia espiritual. Su liderazgo valiente y su sabiduría fueron fundamentales para la victoria del pueblo en la batalla. En Jueces 4, 9, Débora muestra su valentía al decir: "Ciertamente iré contigo; mas no será tuya la honra de la jornada en que vas, porque en mano de mujer venderá Jehová a Sísara". Su historia nos enseña sobre la importancia de la valentía y la confianza en Dios incluso en tiempos difíciles.

4. María Magdalena:

María Magdalena fue una discípula cercana de Jesús y fue testigo de muchos milagros. Su historia es un poderoso recordatorio del amor y la misericordia de Dios. Jesús la liberó de siete demonios, y ella se convirtió en una seguidora devota. María Magdalena fue la primera en ver a Jesús resucitado, lo que la convierte en la primera testigo de la resurrección. Su historia nos enseña sobre el poder transformador del amor de Cristo y cómo Él puede liberarnos y restaurarnos.

5. Ester:

Ester, una reina valiente, arriesgó su vida al interceder por su pueblo judío ante el rey Asuero. Su valentía y disposición para actuar, incluso cuando enfrentaba un gran peligro, la convierten en un ejemplo de coraje y fe. La historia de Ester nos recuerda que Dios puede usar a personas valientes y obedientes para cumplir Su propósito divino, incluso en situaciones difíciles.

6. María y Marta:

Estas dos hermanas, María y Marta, nos ofrecen una lección valiosa sobre la importancia del equilibrio en nuestra vida espiritual. Mientras Marta estaba ocupada sirviendo, María se sentó a los pies de Jesús para aprender de Él. Jesús apreció el enfoque de María, enseñándonos que debemos encontrar tiempo para estar en la presencia de Dios y aprender de Su palabra, incluso en medio de nuestras responsabilidades diarias. La historia de María y Marta nos recuerda que, aunque las ocupaciones diarias son importantes, debemos encontrar tiempo para nutrir nuestra relación con Dios.

7. La mujer samaritana:

En el Evangelio de Juan, encontramos la historia de la mujer samaritana que se encuentra con Jesús junto al pozo. A pesar de las diferencias culturales y religiosas, Jesús se revela a sí mismo como el Mesías a esta mujer. En Juan 4, 13-14, Jesús le dice: "Cualquiera que beba de esta agua volverá a tener sed, pero el que beba del agua que yo le daré no tendrá sed jamás. Más bien, el agua que yo le daré se convertirá en él en un manantial de agua que brotará para vida eterna". La historia de la mujer samaritana nos enseña sobre la gracia y la misericordia de Dios, y cómo Él nos ofrece el agua viva que satisface nuestra sed espiritual.

Estas mujeres valientes y devotas en la Biblia nos ofrecen lecciones profundas sobre la fe, el amor y la valentía. Cada una de ellas dejó una huella imborrable en la historia de nuestra fe y continúa siendo una fuente de inspiración para todos nosotros.

Autor: Padre Ignacio Andrade.

¿Es pecado ir a los casinos de juegos y apuestas?


En primer lugar, es importante recordar el principio fundamental de la responsabilidad en la toma de decisiones que se encuentra en la Biblia. En 1 Corintios 10, 23-24, San Pablo nos dice: "Todo me es lícito, pero no todo conviene; todo me es lícito, pero no todo edifica. Que nadie busque su propio interés, sino el del prójimo". Este pasaje nos insta a considerar cómo nuestras acciones pueden afectar no solo a nosotros mismos, sino también a los demás. Los juegos de apuestas a menudo llevan a problemas de adicción, deudas y dificultades financieras para muchas personas, y esto puede afectar negativamente a las familias y comunidades. Si al asistir a estos lugares resultados dañado tú mismo, tu familia o la comunidad, sin duda estás cometiendo pecado, por eso hay que se muy cuidadoso con estas prácticas.

El Catecismo de la Iglesia Católica también aborda este tema. En el párrafo 2413, se nos recuerda que  "los juegos de azar (de cartas, etc.) o las apuestas no son en sí mismos contrarios a la justicia. No obstante, resultan moralmente inaceptables cuando privan a la persona de lo que le es necesario para atender a sus necesidades o las de los demás". Esto significa que los juegos de apuestas no son malos en sí mismos, pero se vuelven problemáticos cuando conducen a un comportamiento injusto o imprudente.

La Iglesia también nos llama a ser administradores responsables de los recursos que Dios nos ha dado. En la parábola de los talentos (Mateo 25, 14-30), Jesús nos enseña sobre la responsabilidad de usar nuestros dones y recursos sabiamente. Apostar grandes sumas de dinero en juegos de azar puede ser considerado irresponsable, especialmente si pone en peligro nuestra seguridad financiera y la de nuestras familias.

Además, es crucial considerar el estado mental y emocional en el que nos encontramos al participar en juegos de apuestas. Si estamos buscando en los juegos de azar una forma de escapar de los problemas o las tensiones de la vida, esto puede indicar una necesidad de abordar esas cuestiones de frente, posiblemente con la ayuda de amigos, familiares o profesionales de la salud mental.

Mi amigo, cuando enfrentamos decisiones morales como esta, es esencial orar y reflexionar sobre nuestras acciones. Pedir la guía del Espíritu Santo y la sabiduría para discernir lo que es mejor para nosotros y para los demás en el contexto de nuestra fe es fundamental.

En última instancia, la respuesta a si es pecado ir a los casinos de juegos y apuestas depende de nuestras intenciones, el impacto de nuestras acciones en los demás y cómo estamos administrando los recursos que Dios nos ha confiado. Si nuestras acciones son guiadas por el amor al prójimo, la justicia y la responsabilidad, podemos estar seguros de que estamos tomando decisiones que están en línea con los principios cristianos.

Recuerda que Dios nos ama incondicionalmente y está siempre dispuesto a guiarnos en nuestro camino. Si alguna vez te sientes incierto o confundido, acércate a Él en oración y confía en que Él te iluminará con Su luz divina.

Espero que estas reflexiones sean útiles para ti, querido amigo. Estoy aquí para apoyarte en tu viaje espiritual en cualquier momento que lo necesites. Que la paz y la sabiduría de Dios te acompañen siempre. ¡Dios te bendiga!

Autor: Padre Ignacio Andrade.

"Me cuesta mucho rezar o ir a Misa". 10 consejos para vencer la pereza espiritual.


La pereza espiritual es algo que todos enfrentamos en algún momento de nuestras vidas, así que permíteme ofrecerte algunos consejos que quizás te ayuden a superar este obstáculo y a fortalecer tu relación con Dios.

1. Primero y ante todo, no te sientas culpable. La pereza espiritual es una lucha común y no eres el único que la enfrenta. Incluso los santos más grandes han experimentado momentos de sequedad espiritual. La gracia de Dios es más grande que cualquier debilidad que podamos tener.

2. Establece un horario regular para la oración. Al igual que programamos reuniones y citas importantes en nuestra vida diaria, es vital hacer lo mismo con nuestra relación con Dios. Establecer un tiempo específico para la oración, ya sea por la mañana, al mediodía o por la noche, puede ayudarte a crear un hábito y a superar la pereza.

3. Comienza con pequeños pasos. A veces, la pereza espiritual puede ser abrumadora si tratamos de hacer demasiado demasiado pronto. Comienza con breves momentos de oración y aumenta gradualmente el tiempo a medida que te sientas más cómodo. La consistencia es clave. Puedes comenzar haciendo diariamente un Padre Nuestro, tres Avemarías y un Gloria y dirigirle a Dios unas breves palabras, puede ser un simple "Te amo, Señor, gracias por todo lo que me das".

4. Utiliza la Palabra de Dios. La Biblia es una fuente inagotable de inspiración y consuelo. Escoge un pasaje que te hable personalmente y reflexiona sobre él. La lectura diaria de la Escritura puede ayudarte a conectar con Dios de una manera nueva y significativa.

5. Recurre a la comunidad. No estás solo en tu viaje espiritual. La comunidad parroquial puede ofrecerte apoyo y aliento. Participa en grupos de oración, retiros o actividades de servicio. La interacción con otros creyentes puede revitalizar tu fe y ayudarte a superar la pereza espiritual.

6. Explora diferentes formas de oración. La oración no se limita a las palabras habladas. Experimenta con formas de oración como la meditación, el rosario, la adoración eucarística o la oración contemplativa. Encuentra la que resuene contigo y te ayude a conectarte más profundamente con Dios.

7. Encuentra un director espiritual. Un director espiritual experimentado puede ser una guía valiosa en tu camino espiritual. Pueden proporcionarte orientación y sugerencias personalizadas para superar la pereza espiritual basándose en tu situación única.

8. Agradece y alaba a Dios. A veces, enfocarnos en nuestras bendiciones y agradecer a Dios por lo que tenemos puede abrir nuestros corazones a Su gracia. La gratitud nos ayuda a apreciar la presencia constante de Dios en nuestras vidas.

9. Mantén un diario espiritual. Escribir sobre tus pensamientos, sentimientos y experiencias en tu relación con Dios puede ser terapéutico y revelador. Además, puede ayudarte a identificar patrones y desafíos en tu vida espiritual.

10. Perdónate a ti mismo. A veces, la pereza espiritual puede llevarnos a sentirnos culpables y distantes de Dios. Recuerda que Dios es amoroso y misericordioso. Acepta que todos tenemos altibajos en nuestra vida espiritual y permítete recibir la gracia de Dios para comenzar de nuevo.

Recuerda, mi amigo, que Dios te ama incondicionalmente y está siempre dispuesto a caminar contigo en tu viaje espiritual. La pereza espiritual puede ser desafiante, pero con la gracia de Dios y el apoyo de la comunidad, puedes superarla. Estoy aquí para ti en este viaje y estaré orando por ti. Que la paz y la alegría del Señor llenen tu corazón y te den fuerza para superar cualquier obstáculo en tu camino espiritual. ¡Dios te bendiga!

Autor: Padre Ignacio Andrade.

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