La religiosa Alessandra Smerilli invita a la 'Conversión Ecológica'; "está en el centro del evangelio" y es un "acontecimiento espiritual", afirma.


En una rueda de prensa celebrada para presentar el mensaje del Papa Francisco con motivo de la Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación, que se celebrará el 1 de septiembre de 2024, Alessandra Smerilli, secretaria del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, subrayó la profunda conexión entre la ecología y la espiritualidad. Smerilli enfatizó que "la conversión ecológica, como toda experiencia de conversión, es un acontecimiento espiritual con repercusiones visibles y concretas".

Durante su intervención, Smerilli destacó que "el mensaje de este año, con un contenido marcadamente teológico, quiere apoyar esta conciencia que hace de la esperanza casi un milagro de Dios en nosotros, pero también a nuestro alrededor: un prodigio de gracia que va mucho más allá del optimismo (o pesimismo) con el que podemos responder sentimentalmente a las circunstancias históricas".

Futuro Sostenible

La religiosa subrayó la urgencia de la conversión ecológica, resaltando que esta llamada "proviene de la realidad histórica, pero que ya está en el centro del evangelio". Smerilli continuó explicando que "lo más concreto, visible, terrenal –lo que el aire, el agua, la tierra y los pobres nos gritan en su sufrimiento– está íntimamente relacionado con una revolución del espíritu. Es este acontecimiento el que rompe las cadenas causales que parecen predeterminar el destino del mundo".

Además, Smerilli enfatizó la necesidad de recibir y cultivar lo nuevo: "Lo Nuevo puede germinar: hay que acogerlo y cultivarlo, hay que reconocerlo e indicarlo". De esta manera, el mensaje del Papa "está desde hoy confiado a la meditación y reelaboración de las Iglesias, de los cristianos de otras confesiones y de todas las mujeres y hombres de buena voluntad".

Smerilli también destacó el poder unificador del compromiso con el cuidado de la creación: "Sabemos que el compromiso con el cuidado de la creación es uno de los ámbitos de reflexión y acción más unificadores, capaz de movilizar energías jóvenes y espiritualidades diferentes. Como Dicasterio estamos dispuestos, una vez más, a acompañar y facilitar la difusión de la esperanza que las palabras del papa Francisco comunican a quienes trabajan por un futuro sostenible de justicia y paz".

¿Una madre puede amamantar a su bebé en Misa?


Qué gusto tener esta conversación contigo. Vamos a hablar de un tema que a veces puede generar dudas o incluso cierta incomodidad, pero es muy importante aclararlo con una perspectiva de fe y amor. Vamos a hablar sobre si una mujer puede amamantar en Misa. La respuesta, en resumen, es sí, una mujer puede amamantar a su bebé durante la Misa. Ahora, vamos a profundizar en esto y ver por qué está completamente bien y hasta es una expresión hermosa de la maternidad y del amor.

Primero, pensemos en la Misa como una reunión de la familia de Dios. En la Iglesia, todos somos hermanos y hermanas, hijos e hijas de un mismo Padre. La Eucaristía es un momento en el que nos reunimos para celebrar juntos, y en toda familia hay bebés, hay niños pequeños, hay adultos y ancianos. Los bebés, como los miembros más pequeños de esta familia, también tienen necesidades que deben ser atendidas.

El Papa Francisco, conocido por su sencillez y cercanía a la gente, ha hablado de esto de manera muy clara. El 7 de enero de 2018, durante una ceremonia de bautizos en la Capilla Sixtina, dijo a las madres: "Madres, ustedes pueden dar leche a sus hijos, incluso ahora, si ellos lloran porque tienen hambre, amamántenlos, no se preocupen". Y añadió: "Si comienzan con un concierto (de llanto), o si están incómodos o muy acalorados o no se sienten bien o tienen hambre (...) amamántenlos, no tengan miedo, aliméntenlos porque ese también es el lenguaje del amor".

Estas palabras del Papa nos recuerdan algo muy importante: la Iglesia es un lugar de acogida, un lugar donde se celebra la vida en todas sus etapas y manifestaciones. Amamantar a un bebé es una de las formas más naturales y hermosas de cuidar y nutrir a una vida nueva. Es un acto de amor puro, y la Iglesia, que es Madre y Maestra, acoge con alegría estas expresiones de amor.

En la Biblia, encontramos numerosas referencias al amor maternal y a la importancia de cuidar a los más pequeños. Por ejemplo, en el Evangelio de Lucas, Jesús dice: "Dejad que los niños vengan a mí, y no se lo impidáis, porque de los que son como estos es el Reino de Dios" (Lucas 18,16). Jesús mismo muestra un amor especial por los niños y nos llama a hacer lo mismo. En el contexto de la Misa, esto se traduce en una actitud de acogida y apoyo a las madres que están cuidando de sus hijos.

Además, el Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña que la Eucaristía es el "fuente y cumbre de toda la vida cristiana" (CIC, 1324). Este momento tan importante no está reservado solo para aquellos que pueden sentarse en silencio y seguir el rito sin interrupciones. Es un momento para todos, incluidos los más pequeños. Y cuando una madre amamanta a su bebé en Misa, está participando plenamente en la vida de la Iglesia, cuidando de su hijo mientras adora a Dios junto con su comunidad.

A veces, puede haber preocupaciones sobre la discreción o la distracción durante la Misa. Es natural preocuparse por no interrumpir a los demás, pero hay maneras de hacerlo de manera respetuosa. Muchas madres usan una manta o un chal para cubrirse un poco mientras amamantan, y eso puede ayudar a mantener un ambiente de recogimiento. Pero incluso si un bebé llora o si hay algún momento de inquietud, recordemos las palabras del Papa Francisco: "ese también es el lenguaje del amor".

Es fundamental que nuestras comunidades parroquiales sean espacios donde las familias se sientan bienvenidas y apoyadas. Si ves a una madre amamantando a su bebé en Misa, ofrece una sonrisa de comprensión y apoyo. La maternidad es un don precioso, y las madres necesitan saber que no están solas en su camino de fe y amor.

Además, consideremos la naturaleza de la Eucaristía. En cada Misa, recordamos y celebramos el sacrificio de Jesús, quien se entregó por amor a nosotros. Amamantar a un bebé es, en cierto sentido, una pequeña imitación de ese sacrificio de amor. Es un acto de dar de sí misma para el bien de otro. En este contexto, amamantar durante la Misa puede ser visto como un acto profundamente eucarístico, un reflejo del amor sacrificial de Cristo.

Es importante también mencionar que la maternidad y el cuidado de los hijos son vocaciones en sí mismas. La Iglesia honra y celebra todas las vocaciones, incluyendo la de ser madre. Amamantar a un bebé en Misa no es solo algo permitido; es algo que puede enriquecer la comunidad de fe, mostrando la belleza de la vida familiar y la ternura del amor maternal.

En conclusión, una mujer puede y debe sentirse libre de amamantar a su bebé durante la Misa. Esto es algo que el Papa Francisco ha afirmado claramente, y está en línea con la enseñanza de la Iglesia sobre la importancia de acoger y cuidar a los más pequeños. La Misa es un momento para toda la familia de Dios, y eso incluye a los bebés y a sus madres. Al final del día, lo más importante es el amor, y amamantar a un bebé es una hermosa expresión de ese amor. Que nuestras parroquias sean siempre lugares donde las familias se sientan bienvenidas y apoyadas, y donde el amor se celebre en todas sus formas.

Autor: Padre Ignacio Andrade.

¿Un sacerdote puede celebrar misa en cualquier lugar del mundo?


La pregunta que me haces es muy buena y quiero responderte de manera clara y amena, como si estuviéramos platicando en una tarde tranquila, con una buena taza de café.

Primero, vamos a lo esencial: sí, un sacerdote católico tiene la capacidad de celebrar la misa en cualquier lugar del mundo. Esto es un don y una responsabilidad que se le confiere en el momento de su ordenación sacerdotal. La Eucaristía es el centro de nuestra fe, el sacrificio de Cristo que se actualiza en cada misa, y la Iglesia desea que todos los fieles tengan acceso a este misterio sublime.

Sin embargo, como en todas las cosas, hay un orden que debemos respetar. La Iglesia Católica, siendo una institución que abarca todo el mundo, está organizada de manera muy estructurada. Cada región geográfica está bajo la autoridad de un obispo, quien es el pastor principal de su diócesis. En términos sencillos, podríamos decir que cada obispo es como el "capitán" de su territorio. La diócesis es su barco, y él es responsable de guiar a su tripulación, que son los fieles de esa región, hacia el buen puerto, que es la salvación y el crecimiento en la fe.

El Código de Derecho Canónico, que es como la ley interna de la Iglesia, nos dice en el canon 391: "El Obispo diocesano gobierna la Iglesia particular que le está encomendada con poder legislativo, ejecutivo y judicial, según el derecho". Esto significa que el obispo tiene la autoridad de tomar decisiones importantes sobre lo que sucede en su diócesis, incluyendo la celebración de la misa.

Entonces, aunque un sacerdote tenga la capacidad de celebrar la misa en cualquier lugar, siempre necesita la autorización del obispo local para hacerlo si no pertenece a esa diócesis. Esta autorización no es solo un formalismo; es un acto de respeto y de comunión con la autoridad que Cristo ha puesto en cada lugar. El obispo tiene la responsabilidad de velar por la fe y la disciplina en su diócesis, y parte de esto es asegurarse de que las celebraciones litúrgicas se realicen de manera adecuada y en comunión con toda la Iglesia.

Hay varias razones prácticas para esto. Por ejemplo, el obispo necesita saber quiénes están celebrando misa en su diócesis para asegurar que se sigue la liturgia de manera correcta y que los sacerdotes que lo hacen están en buena posición con la Iglesia. También es una manera de evitar confusiones y desorden, porque imagina si cada sacerdote pudiera celebrar misa donde quiera sin decirle nada a nadie; podría haber mucha desorganización.

En la Biblia, encontramos ejemplos de la importancia de la autoridad y la organización en la Iglesia. Por ejemplo, en la carta a los Hebreos 13,17, se nos dice: "Obedeced a vuestros pastores y sujetaos a ellos, porque ellos velan por vuestras almas, como quienes han de dar cuenta; para que lo hagan con alegría y no quejándose, porque esto no os sería provechoso". Este pasaje nos recuerda que nuestros pastores, incluyendo a los obispos, tienen la responsabilidad de cuidarnos espiritualmente, y nosotros, en respeto y amor, debemos colaborar con ellos.

Asimismo, el Catecismo de la Iglesia Católica, en el número 1567, dice: "Los presbíteros, aunque no tengan la plenitud del sacerdocio y, en el ejercicio de su poder, dependan de los obispos, están, sin embargo, unidos a ellos en honor del sacerdocio y en virtud del sacramento del Orden y, según la distribución de las funciones pastorales, están llamados a servir al Pueblo de Dios". Este texto subraya la relación de cooperación y respeto que debe existir entre los sacerdotes y su obispo.

Entonces, si un sacerdote quiere celebrar misa fuera de su diócesis, primero debe pedir permiso al obispo del lugar. Este permiso suele ser un proceso sencillo si el sacerdote está en buena posición con su propio obispo y no hay ninguna razón especial para negárselo. A menudo, este permiso se puede otorgar de manera verbal o a través de una simple carta.

También es importante recordar que hay situaciones especiales, como las misiones o circunstancias donde la misa no puede celebrarse fácilmente. En esos casos, los obispos suelen ser muy comprensivos y facilitadores, porque entienden la importancia de la Eucaristía para los fieles. La Iglesia es madre y siempre busca el bien de sus hijos.

Por último, me gustaría compartir una pequeña reflexión sobre la belleza de la universalidad de la Iglesia. Cuando un sacerdote puede celebrar misa en cualquier lugar del mundo (con la debida autorización), nos recuerda que somos una sola familia en Cristo, sin importar dónde nos encontremos. Cada misa, sin importar el lugar, es una actualización del sacrificio de Cristo en la cruz, uniendo a todos los fieles en un solo cuerpo, que es la Iglesia. 

Esta universalidad es uno de los grandes tesoros de nuestra fe. No importa si estamos en una pequeña capilla en una aldea remota o en una majestuosa catedral en una gran ciudad; la misa es siempre la misma, el mismo sacrificio de amor de nuestro Señor. Y este acto de unidad y amor es lo que nos fortalece y nos guía en nuestro caminar diario como cristianos.

Espero que esta explicación te haya sido útil y clara. Siempre es un placer compartir y profundizar en nuestra fe juntos. Si tienes más preguntas o dudas, no dudes en preguntar. Que Dios te bendiga y te acompañe siempre en tu camino. ¡Hasta pronto!

Autor: Padre Ignacio Andrade.

¿Por qué en un canto decimos "solo tú eres Santo, solo tú Señor", pero hay tantos santos?


Me encanta que te hagas estas preguntas porque son una señal de una fe viva y curiosa. Vamos a desglosar esto juntos y tratar de entenderlo de manera amena.

Cuando estamos en la Misa y decimos "solo tú eres Santo, solo tú Señor", estamos dirigiendo nuestra alabanza a Dios, reconociendo su santidad única y absoluta. Esta frase se encuentra en el Gloria, una oración de alabanza que se recita o se canta al inicio de la Misa. Decimos que solo Dios es Santo porque, en la plenitud de la santidad, Él es el origen y la fuente de toda santidad.

Ahora bien, podríamos preguntarnos: si solo Dios es Santo, ¿por qué hablamos de tantos santos en la Iglesia? Aquí es donde las cosas se ponen interesantes.

Dios como fuente de toda santidad

Primero, debemos entender que cuando llamamos "santos" a ciertas personas, estamos reconociendo que han recibido la santidad de Dios. Nadie es santo por sí mismo. La santidad de los santos es un reflejo de la santidad de Dios. Como dice el Catecismo de la Iglesia Católica:

“La santidad de la Iglesia es el reflejo de la santidad de Dios” (CIC, 823).

Los santos son como vitrales en una iglesia: la luz que brilla a través de ellos proviene del sol, no de ellos mismos. De la misma manera, la gracia y la santidad que vemos en los santos provienen de Dios. Ellos han permitido que la luz de Dios brille a través de sus vidas, iluminando el mundo con su ejemplo de fe y amor.

La llamada universal a la santidad

La Iglesia nos enseña que todos estamos llamados a la santidad. En el Concilio Vaticano II, en el documento *Lumen Gentium*, se declara claramente:

"Todos los fieles cristianos, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad" (Lumen Gentium, 40).

Esto significa que la santidad no es solo para unos pocos elegidos, sino para todos. Cada uno de nosotros está llamado a ser santo, a vivir una vida de amor y servicio a Dios y al prójimo. La santidad se trata de vivir en comunión con Dios, permitiendo que Su gracia transforme nuestras vidas.

¿Quiénes son los santos?

Los santos que reconocemos oficialmente en la Iglesia, los canonizados, son aquellos cuya vida y virtudes heroicas han sido reconocidas por la Iglesia. Estos son ejemplos concretos de personas que han vivido su fe de una manera extraordinaria. San Francisco de Asís, Santa Teresa de Calcuta, San Juan Pablo II, entre muchos otros, son modelos de cómo la gracia de Dios puede obrar maravillas en la vida de una persona.

Pero también hay muchos otros santos que no han sido canonizados, personas que vivieron vidas santas en el anonimato, en su día a día, cumpliendo con amor y fidelidad sus deberes. La Iglesia celebra a todos estos santos anónimos en la fiesta de Todos los Santos, el 1 de noviembre.

La comunión de los santos

Otro aspecto hermoso de nuestra fe es la comunión de los santos. Esto se refiere a la unidad de todos los miembros de la Iglesia, vivos y muertos, en Cristo. Los santos en el cielo interceden por nosotros, nos ayudan con sus oraciones, y nosotros podemos pedirles su ayuda. No es que los santos hagan milagros por su cuenta, sino que interceden ante Dios por nosotros. Es una manera de apoyarnos mutuamente dentro del Cuerpo de Cristo.

San Pablo nos recuerda en sus cartas la importancia de la comunión y la intercesión:

"Así pues, si un miembro padece algo, todos los miembros padecen con él; y si un miembro recibe honor, todos los miembros se alegran con él. Vosotros sois el cuerpo de Cristo, y cada uno, en su parte, miembros de él" (1 Corintios 12:26-27).

Vivir la santidad hoy

Entonces, ¿cómo podemos vivir esta llamada a la santidad en nuestra vida diaria? No todos estamos llamados a grandes actos heroicos, pero sí estamos llamados a la fidelidad en las pequeñas cosas. Aquí tienes algunas ideas prácticas:

1. Oración diaria: Cultivar una relación personal con Dios a través de la oración. Esto puede ser tan simple como dedicar unos minutos cada día a hablar con Dios, leer la Biblia, o meditar en Su Palabra.

2. Sacramentos: Participar regularmente en los sacramentos, especialmente la Eucaristía y la Reconciliación. Estos son momentos de encuentro especial con la gracia de Dios.

3. Amor al prójimo: Vivir el mandamiento del amor en nuestras relaciones cotidianas. Ayudar a los demás, ser amables, y buscar el bien de aquellos que nos rodean.

4. Testimonio de vida: Ser coherentes con nuestra fe en nuestro comportamiento diario. Esto implica ser honrados, justos, y vivir con integridad.

Ejemplos de santidad

Para inspirarnos, podemos mirar la vida de los santos. Santa Teresa de Lisieux, por ejemplo, nos enseñó la “pequeña vía” de la santidad, haciendo cosas ordinarias con un amor extraordinario. San Juan Bosco dedicó su vida a educar y cuidar a los jóvenes, demostrando un amor incansable y una confianza en la Providencia de Dios.

El camino hacia la santidad es personal y único

Cada uno de nosotros tiene un camino único hacia la santidad. Dios nos llama a cada uno de manera especial, teniendo en cuenta nuestras circunstancias, talentos y desafíos. La clave es estar abiertos a Su gracia y permitir que Él nos guíe.

San Ignacio de Loyola nos ofrece una gran herramienta con su examen diario, una forma de reflexionar sobre nuestro día, reconocer dónde hemos sentido la presencia de Dios y dónde necesitamos su ayuda para crecer. Este hábito puede ayudarnos a ser más conscientes de nuestra vida espiritual y de cómo estamos respondiendo al llamado de Dios.

Comentarios finales.

Decir "solo tú eres Santo, solo tú Señor" es un reconocimiento de que toda santidad proviene de Dios. Los santos son testigos de esa santidad, reflejando la luz de Dios en el mundo. Todos estamos llamados a ser santos, a vivir en comunión con Dios y con los demás, y a permitir que Su gracia transforme nuestras vidas.

Espero que esta reflexión te haya ayudado a entender mejor por qué decimos que solo Dios es Santo, y al mismo tiempo, honramos a tantos santos. La santidad es una aventura maravillosa a la que todos estamos invitados. ¡Ánimo en tu camino hacia la santidad! Recuerda que no estás solo; tienes a toda la comunión de los santos, la Iglesia, y a Dios mismo a tu lado.

Si tienes más preguntas o quieres seguir profundizando en este tema, estaré encantado de seguir charlando contigo. ¡Que Dios te bendiga y te acompañe siempre!

Autor en exclusiva para 'Católico, Defiende tu Fe': Padre Ignacio Andrade.

Viganò no asistirá al juicio en su contra por cisma: “La ‘Iglesia’ de Bergoglio no es la Iglesia católica", afirma.


El arzobispo Carlo Maria Viganò, ex nuncio apostólico en Estados Unidos, ha vuelto a ser noticia tras una polémica declaración. El pasado 20 de junio, anunció en su cuenta de X (anteriormente conocida como Twitter) que el Vaticano lo había convocado para un proceso judicial en el que se le acusa de cisma. Viganò debía presentarse, él o un representante legal, ese mismo día en el Palacio del Santo Oficio. Sin embargo, hoy ha admitido que no acudió, una decisión que explicó en un comunicado publicado en la web de la Fundación Exsurge Domine, una organización que se autodenomina un ‘lugar seguro’ para los opositores a la actual dirección de la Iglesia, encabezada por el papa Francisco, que según ellos “atraviesa una grave crisis”.

En su comunicado, Viganò desmintió categóricamente los  informes que sugerían que se había presentado en el Palacio del Santo Oficio, conforme al Decreto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe. “Es totalmente falso”, declaró, refiriéndose a estas noticias como carentes de fundamento.

El arzobispo no escatimó en críticas directas hacia la revista jesuita America Magazine, describiéndola como el “brazo mediático de la Compañía de Jesús en Estados Unidos y megáfono de la ‘Iglesia de la misericordia’ del jesuita Bergoglio”. Añadió que “aunque todos los elementos estaban claramente expuestos en mi declaración, las inferencias y especulaciones tuvieron prioridad, al estilo típico jesuita”.

Viganò también cuestionó la celeridad con la que se publicó el artículo de America Magazine, sugiriendo que “parece haber sido escrito incluso antes de que yo hiciera público el documento vaticano”, lo cual, según él, “confirma una estrategia muy concreta, encaminada a liquidar mi proceso con una sentencia ya decidida por Bergoglio y su celoso colaborador Tucho Fernández, autor del escandaloso panfleto pornográfico ‘La Pasión mística. Espritualidad y Sensualidad’”.

El arzobispo reafirmó su postura al afirmar: “No he ido al Vaticano, no tengo intención de ir al Santo Oficio el 28 de junio y no he entregado ninguna memoria ni documento en mi defensa al Dicasterio, cuya autoridad no reconozco, ni el de su Prefecto, ni el de quienes lo nominaron”

Viganò sostiene que no se someterá a lo que considera “un juicio farsa en el que quienes deben juzgarme imparcialmente para defender la ortodoxia católica sean al mismo tiempo aquellos a quienes acuso de herejía, traición y abuso de poder”. En su opinión, estos jueces incluyen a los jesuitas, a quienes acusa de ser “los primeros defensores de todos los desvíos morales y doctrinales de los últimos sesenta años, empezando por James Martin, un activista LGBTQ+ que tan asiduo fue a Santa Marta”.

El comunicado concluye con una referencia a las declaraciones de un abogado a America Magazine, quien consideró sus palabras como evidencia de su “voluntad cismática”. Viganò remarcó que “toda la cuestión se centra en a qué ‘Iglesia’ pertenece Bergoglio y en el cisma de facto de la verdadera Iglesia que ya ha realizado una y otra vez con sus declaraciones, con sus actos de gobierno y con su comportamiento muy elocuente de abierta hostilidad hacia todo lo católico”.

Finalmente, Viganò sentenció: “La ‘Iglesia’ de Bergoglio no es la Iglesia católica, sino esa ‘Iglesia conciliar’ nacida del Concilio Vaticano II y recientemente rebautizada con el no menos herético nombre de ‘Iglesia sinodal’. Si es de esta ‘Iglesia’ de la que soy declarado separado por el cisma, lo hago motivo de honor y de orgullo”.

Cuando Jesús nos pide amar a nuestros enemigos, ¿nos está pidiendo algo imposible?


Querido amigo, ¡qué gran pregunta me haces! Déjame responderte, y espero que mi respuesta te ayude un poco a entender este tema. Cuando Jesús nos pide amar a nuestros enemigos, realmente nos está invitando a un desafío profundo y radical. Esto puede parecer imposible, pero quiero que lo veamos juntos desde una perspectiva más cercana y amigable.

Primero, veamos lo que Jesús dice en el Evangelio de Mateo 5,43-44: "Habéis oído que se dijo: ‘Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo’. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen." Vaya desafío, ¿verdad? Jesús no se anda con rodeos. Nos pide que vayamos más allá de lo que es natural para nosotros.

Podemos preguntarnos: ¿por qué Jesús nos pediría algo tan difícil? Aquí es donde el amor cristiano entra en juego. El amor del que habla Jesús no es solo un sentimiento de cariño o afecto; es una decisión, un acto de voluntad. San Pablo lo explica muy bien en su primera carta a los Corintios (1 Corintios 13), cuando describe el amor como paciente, bondadoso, que no se enfurece ni guarda rencor. Este tipo de amor es más una acción que un sentimiento. Es amar a pesar de los sentimientos negativos, a pesar del dolor y las heridas.

Jesús mismo nos dio el ejemplo más perfecto de este amor en la cruz. Mientras estaba siendo crucificado, oró por sus verdugos diciendo: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen" (Lucas 23,34). Aquí no vemos solo palabras, sino una acción concreta de amor y perdón hacia quienes le estaban haciendo el mayor daño posible. Si Jesús pudo amar a sus enemigos en ese momento tan crucial, nos está mostrando que es posible.

Ahora, vamos a hablar de la parte práctica. ¿Cómo podemos amar a nuestros enemigos en la vida cotidiana? Aquí te dejo algunos pasos que podríamos seguir:

1. Orar por ellos: Este es el primer paso y quizás el más importante. Cuando oras por alguien, especialmente por alguien que te ha hecho daño, algo cambia en tu corazón. Empiezas a ver a esa persona como Dios la ve, con compasión y misericordia.

2. Buscar comprender: Trata de entender por qué esa persona actúa de la manera que lo hace. Muchas veces, las personas que hieren a otros han sido heridas ellas mismas. No es justificar sus acciones, sino tratar de ver más allá de las apariencias.

3. Perdonar: El perdón es fundamental. No significa olvidar o justificar el mal que se ha hecho, sino liberar tu corazón del peso del rencor. El perdón es un regalo que te das a ti mismo.

4. Actuar con bondad: Aunque no sientas afecto por esa persona, puedes actuar con bondad. Un acto de bondad puede ser un pequeño gesto, una palabra amable, una sonrisa. Estas pequeñas acciones pueden empezar a cambiar la dinámica de la relación.

Amar a nuestros enemigos no significa que tengamos que permitir que nos hagan daño continuamente o que no pongamos límites saludables. Jesús no nos pide que seamos mártires en el sentido de sufrir innecesariamente. Podemos amar y a la vez protegernos y poner límites.

El Catecismo de la Iglesia Católica también nos ilumina en este tema. En el número 1825, dice: "Cristo murió por nosotros cuando éramos todavía 'enemigos' (Rom 5,10). El Señor nos pide que amemos como Él, incluso a nuestros enemigos, que nos hagamos prójimos del más alejado, que amemos a los niños y a los pobres como a Él mismo." Así, el amor cristiano se extiende a todos, incluso a aquellos que nos resultan difíciles de amar.

Sabemos que no es fácil. Pero aquí está la buena noticia: no estamos solos en este camino. Dios nos da la gracia para amar de esta manera. El Espíritu Santo nos ayuda, nos fortalece y nos guía. Con su ayuda, podemos hacer cosas que parecen imposibles a nuestros ojos humanos.

Una anécdota que me gusta compartir es la historia de San Juan Pablo II. En 1981, sufrió un intento de asesinato por parte de Mehmet Ali Ağca. Juan Pablo II no solo perdonó a su agresor, sino que lo visitó en la cárcel, habló con él y le mostró compasión. Este acto de amor y perdón resonó en todo el mundo y nos mostró el poder transformador del amor cristiano.

Así que, cuando Jesús nos pide amar a nuestros enemigos, no nos está pidiendo algo imposible. Nos está invitando a un amor más grande, más profundo, un amor que puede transformar nuestro corazón y el de los demás. Es un amor que nos lleva a ser más como Él, a reflejar su amor en el mundo.

Amigo, no te desanimes si te parece difícil. Todos estamos en el mismo camino, aprendiendo y creciendo. Y recuerda, cada pequeño paso que das en el camino del amor es un paso hacia el corazón de Dios. ¡Ánimo! Dios está contigo y te ayudará a amar incluso en las situaciones más difíciles.

Espero que esta charla te haya ayudado a ver este mandamiento de Jesús con nuevos ojos. Sigamos orando y apoyándonos mutuamente en este hermoso pero desafiante camino del amor cristiano.

¡Dios te bendiga!

Autor: Padre Ignacio Andrade.

¿Qué es el Evangelio de la Prosperidad y por qué es una herejía?


El Evangelio de la Prosperidad es algo que ha ganado mucha atención en los últimos años, y vale la pena entender bien de qué se trata y por qué va en contra de la enseñanza católica.

Para empezar, el Evangelio de la Prosperidad es una doctrina que se ha popularizado principalmente en algunas iglesias cristianas no católicas, especialmente en las denominaciones evangélicas y pentecostales. La esencia de esta enseñanza es que Dios quiere que todos sus fieles sean ricos, sanos y exitosos. Según esta doctrina, la fe, la confesión positiva y las donaciones financieras a la iglesia pueden asegurar a los creyentes bendiciones materiales y bienestar físico. En otras palabras, si tienes suficiente fe y eres generoso con tu dinero, Dios te recompensará con prosperidad y salud.

Pero, ¿qué tiene de malo esto? A primera vista, puede parecer una enseñanza muy atractiva. ¿Quién no quiere ser próspero y saludable? Sin embargo, hay varios problemas graves con esta doctrina desde una perspectiva católica. Vamos a desglosarlo en unos puntos clave.

La Centralidad de la Cruz

El primer y más importante punto es que el Evangelio de la Prosperidad minimiza o ignora el sufrimiento y la cruz, que son centrales en la vida cristiana. Jesús mismo nos enseñó que debemos tomar nuestra cruz y seguirlo (Mateo 16,24). La vida cristiana no se trata de evitar el sufrimiento a toda costa, sino de encontrar a Dios en medio de nuestras dificultades y aprender a confiar en Él incluso en los momentos más oscuros.

La teología católica siempre ha puesto un fuerte énfasis en la redención a través del sufrimiento. San Pablo nos recuerda en su carta a los Romanos que "nos gloriamos también en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza" (Romanos 5,3-4). El Evangelio de la Prosperidad, al centrarse tanto en el éxito material, pierde esta dimensión esencial de la fe cristiana.

La Voluntad de Dios y la Providencia

Otro problema con el Evangelio de la Prosperidad es que sugiere que podemos manipular la voluntad de Dios con nuestra fe y nuestras acciones. Si simplemente creemos lo suficiente y damos suficiente dinero, Dios nos dará lo que queremos. Sin embargo, esto no es coherente con la enseñanza católica sobre la providencia divina.

En la oración del Padre Nuestro, Jesús nos enseñó a decir: "Hágase tu voluntad" (Mateo 6,10). Esto significa que debemos confiar en que Dios sabe lo que es mejor para nosotros, incluso si eso no incluye riqueza o salud perfecta. A veces, Dios permite que enfrentemos dificultades porque tiene un propósito más grande para nosotros. Santa Teresa de Ávila, una gran mística y doctora de la Iglesia, dijo una vez: "La paciencia todo lo alcanza. Quien a Dios tiene, nada le falta: sólo Dios basta". Esto nos recuerda que nuestra felicidad y nuestro propósito no se encuentran en las cosas materiales, sino en Dios mismo.

El Peligro del Materialismo

El Evangelio de la Prosperidad también corre el riesgo de promover el materialismo, que es la creencia de que la posesión de bienes materiales es el principal objetivo de la vida. Jesús nos advirtió sobre esto en varias ocasiones. En el Evangelio de Mateo, nos dice: "No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino hacéos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón" (Mateo 6,19-21).

La verdadera riqueza, según Jesús, no se encuentra en las posesiones materiales, sino en nuestra relación con Dios y en vivir una vida de amor y servicio a los demás. La Madre Teresa de Calcuta es un excelente ejemplo de esto. Ella vivió en la pobreza, sirviendo a los más pobres entre los pobres, y encontró una alegría y paz profunda en su servicio y en su relación con Dios.

La Caridad y el Amor al Prójimo

El Evangelio de la Prosperidad también puede llevar a una visión distorsionada de la caridad y el amor al prójimo. Si creemos que la prosperidad material es una señal del favor de Dios, podemos comenzar a juzgar a los demás por su falta de éxito material. Sin embargo, Jesús nos enseñó a amar y servir a todos, especialmente a los pobres y necesitados, sin juzgarlos.

En la parábola del Buen Samaritano (Lucas 10,25-37), Jesús nos muestra que el verdadero amor al prójimo no se basa en el estatus económico, sino en la compasión y el servicio desinteresado. San Juan en su primera carta nos dice: "Pero si alguno tiene bienes de este mundo y ve a su hermano padecer necesidad y le cierra su corazón, ¿cómo puede estar el amor de Dios en él?" (1 Juan 3,17). La verdadera caridad implica compartir nuestras bendiciones con los demás, no acumular riquezas para nosotros mismos.

El Testimonio de los Santos

A lo largo de la historia de la Iglesia, los santos han sido modelos de vida cristiana, y muchos de ellos han vivido en la pobreza y el sufrimiento, encontrando su alegría y su propósito en Dios. San Francisco de Asís renunció a una vida de riqueza para vivir en pobreza y servir a los pobres. Santa Teresa de Lisieux, aunque vivió una vida corta y con muchas enfermedades, encontró un profundo sentido en su relación con Dios y en su amor por los demás.

Estos ejemplos de santidad nos muestran que la verdadera prosperidad no se mide en términos de riqueza material, sino en términos de nuestra cercanía a Dios y nuestro amor y servicio a los demás. La vida de los santos es un testimonio poderoso de que la verdadera alegría y paz se encuentran en Dios, no en las cosas materiales.

Conclusión

En resumen, el Evangelio de la Prosperidad es una herejía porque distorsiona la verdadera enseñanza cristiana sobre la cruz, la providencia de Dios, el peligro del materialismo y la verdadera naturaleza de la caridad y el amor al prójimo. Nos aleja del corazón del Evangelio y nos distrae con promesas vacías de riqueza y éxito material.

Como católicos, estamos llamados a seguir a Jesús, a tomar nuestra cruz y a encontrar nuestra alegría y propósito en Dios. Esto no significa que no podamos pedir a Dios por nuestras necesidades o que no podamos prosperar materialmente, pero siempre debemos recordar que nuestra verdadera felicidad y nuestro verdadero tesoro se encuentran en nuestra relación con Dios y en vivir una vida de amor y servicio a los demás.

Espero que esta conversación te haya ayudado a entender mejor por qué el Evangelio de la Prosperidad es problemático y cómo podemos vivir una fe auténtica y centrada en Cristo. Si tienes más preguntas o quieres seguir platicando, siempre estoy aquí para ti. ¡Que Dios te bendiga!

Autor: Padre Ignacio Andrade.

¿Qué es una Indulgencia Plenaria en la Iglesia católica?


Para entender qué es una indulgencia plenaria, primero necesitamos repasar un poco sobre el pecado y sus consecuencias. Como sabes, cuando pecamos, cometemos una ofensa contra Dios. Este pecado tiene dos consecuencias: la culpa y la pena. La culpa del pecado es perdonada en el sacramento de la reconciliación (la confesión), cuando nos arrepentimos sinceramente y recibimos la absolución del sacerdote. Sin embargo, queda una pena temporal que es la consecuencia del pecado. Esta pena temporal puede ser expiada en esta vida a través de buenas obras, sacrificios y sufrimientos, o después de la muerte en el purgatorio.

Aquí es donde entran las indulgencias. La Iglesia, en su sabiduría y misericordia, nos ofrece la posibilidad de recibir indulgencias, que son una remisión total o parcial de esta pena temporal. Una indulgencia plenaria remite completamente toda la pena temporal debida por los pecados ya confesados y perdonados. En otras palabras, si una persona cumple con los requisitos para obtener una indulgencia plenaria, y luego muriera, podría ir directamente al cielo sin pasar por el purgatorio.

Requisitos para Obtener una Indulgencia Plenaria

Para ganar una indulgencia plenaria, hay ciertas condiciones que debemos cumplir:

1. Confesión sacramental: Debemos confesarnos y recibir la absolución. No es necesario que sea el mismo día, pero debe ser en un periodo razonable de tiempo antes o después de realizar la obra indulgenciada (generalmente se considera un plazo de unos 20 días).

2. Comunión eucarística: Debemos recibir la Sagrada Comunión el mismo día en que realizamos la obra indulgenciada.

3. Oración por las intenciones del Papa: Normalmente se rezan un Padre Nuestro y un Ave María, aunque se puede rezar cualquier otra oración.

4. Desapego total del pecado, incluso venial: Este es quizá el requisito más difícil de cumplir, ya que implica un verdadero y profundo arrepentimiento y un compromiso sincero de no pecar más.

5. Realizar la obra indulgenciada: La Iglesia propone varias obras a las que concede indulgencias plenarias. Algunas de estas obras son:

   - Adorar al Santísimo Sacramento durante al menos media hora.

   - Rezar el Rosario en una iglesia, oratorio, en familia, en una comunidad religiosa o en una asociación piadosa.

   - Leer la Sagrada Escritura durante al menos media hora.

   - Participar en el Via Crucis.

   - Asistir a una misión sagrada y estar presente en su clausura.

Fundamento Bíblico y Teológico de las Indulgencias

La doctrina de las indulgencias tiene sus raíces en la enseñanza bíblica sobre el poder de la Iglesia para atar y desatar. Jesús dijo a Pedro: "Te daré las llaves del Reino de los Cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo; y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo" (Mateo 16, 19). Este poder de perdonar los pecados y de conceder indulgencias se basa en la autoridad conferida por Cristo a la Iglesia.

Además, San Pablo habla en sus cartas sobre la necesidad de compensar las consecuencias de nuestros pecados. En 2 Corintios 2, 5-11, habla sobre perdonar y consolar a un pecador arrepentido, y en Colosenses 1, 24 menciona que "completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia". Esto nos recuerda que aunque Cristo nos redimió completamente con su sacrificio, estamos llamados a participar en su sufrimiento y a expiar nuestras propias faltas.

El Tesoro de la Iglesia

Las indulgencias se basan en el concepto del "tesoro de la Iglesia". Este tesoro no es algo material, sino espiritual. Está compuesto por los méritos infinitos de Jesucristo, así como por los méritos de la Virgen María y de todos los santos. Este tesoro es administrado por la Iglesia y puede ser aplicado a los fieles para la remisión de las penas temporales.

Indulgencias para los Difuntos

Una de las hermosas prácticas en la Iglesia es aplicar indulgencias por las almas de los difuntos. Cuando ofrecemos nuestras oraciones y obras indulgenciadas por los difuntos, les ayudamos a expiar sus penas temporales y a alcanzar más rápidamente la plenitud del cielo. Esto es un acto de caridad y comunión con los que ya han partido de este mundo.

Importancia de las Indulgencias en la Vida del Cristiano

Las indulgencias no son un "atajo" o una manera de "comprar" el cielo. Más bien, son una manifestación del amor y la misericordia de Dios. Nos recuerdan la importancia de la penitencia, la oración y las buenas obras. Nos invitan a vivir una vida de conversión continua y a buscar la santidad.

Además, las indulgencias nos conectan con la comunión de los santos. Nos recuerdan que no estamos solos en nuestro camino espiritual, sino que formamos parte de una gran familia en la que todos nos ayudamos mutuamente. Al buscar y obtener indulgencias, también fortalecemos nuestra relación con Dios y con la Iglesia.

En resumen, una indulgencia plenaria es una gracia especial que la Iglesia nos ofrece para remitir completamente la pena temporal debida por nuestros pecados ya perdonados. Al cumplir con las condiciones necesarias y realizar la obra indulgenciada, podemos recibir esta gracia para nosotros mismos o para las almas de los difuntos. Es una hermosa expresión de la misericordia de Dios y una invitación a vivir una vida de santidad y comunión con todos los fieles.

Espero que esta explicación te haya ayudado a entender mejor qué es una indulgencia plenaria y cómo puedes beneficiarte de ella. Si tienes más preguntas o necesitas aclarar algo, no dudes en preguntar. ¡Que Dios te bendiga y te guíe siempre en tu camino de fe!

Autor: Padre Ignacio Andrade

Cantautor católico Martín Valverde agradece mensajes de apoyo por el fallecimiento de Pablito, su hijo, que ya descansa en brazos de Jesús y de María.


El pasado sábado 22 de junio, Martín Valverde, el célebre compositor e intérprete de canciones católicas, conocido por su famosa obra "Nadie te ama como yo", comunicó a través de su cuenta de Instagram una triste noticia: el fallecimiento de su hijo Jorge Pablo. Hace aproximadamente un año, Jorge Pablo fue diagnosticado con leucemia, una forma agresiva de cáncer en la sangre que afecta la médula ósea.

En su publicación, Martín Valverde expresó su dolor y agradecimiento hacia sus seguidores, cuyas muestras de apoyo inundaron rápidamente las redes sociales.

 "Con la mezcla de sentimientos que causan estos momentos en nuestra vida, les compartimos que nuestro hijo Pablo hoy ha vivido su Pascua y ya está con Jesús en la casa del Padre. El dolor está presente, pero lo envuelve a la esperanza, de corazón gracias totales a los que oraron estuvieron e hicieron todo por apoyarnos. Dios los bendiga, este soldado finalmente descansa", escribió el cantante costarricense naturalizado mexicano.

Además de su mensaje personal, Valverde incluyó un pasaje bíblico en memoria de su hijo: "He peleado hasta el fin el buen combate, concluí mi carrera, conservé la fe. Y ya está preparada para mí la corona de justicia, que el Señor, como justo Juez, me dará en ese Día, y no solamente a mí, sino a todos los que hay aguardado con amor su Manifestación." 2 Timoteo 4,7-8.

La comunidad católica y sus seguidores de todo el mundo se han unido en oración y solidaridad con la familia Valverde en este momento de profunda pérdida.

¿Por qué un Diácono no puede Consagrar o Confesar?


Vamos a platicar sobre por qué un diácono no puede consagrar la Eucaristía ni oír confesiones.

Primero, hay que entender quién es un diácono y cuál es su papel en la Iglesia. Un diácono es uno de los tres grados del sacramento del orden, junto con los presbíteros (sacerdotes) y los obispos. El diácono tiene un papel muy importante en la Iglesia y su servicio se centra en la proclamación del Evangelio, el servicio litúrgico y la caridad.

El Orden Sacerdotal

La estructura de la jerarquía en la Iglesia Católica es fundamental para entender por qué ciertas funciones están reservadas a los sacerdotes y obispos. La jerarquía tiene sus raíces en la Biblia y la Tradición de la Iglesia.

En el sacramento del orden, hay tres grados:

1. Obispo: Tiene la plenitud del sacramento del orden y puede conferir los tres grados del orden: diaconado, presbiterado y episcopado.

2. Presbítero (Sacerdote): Colabora con el obispo en su ministerio y puede celebrar la Eucaristía, oír confesiones, administrar el sacramento de la unción de los enfermos, y realizar otros sacramentos.

3. Diácono: Ordenado para el servicio, la proclamación del Evangelio y la asistencia en la liturgia.

Consagración de la Eucaristía

La Eucaristía es el sacramento central de nuestra fe. En la Misa, el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, lo que conocemos como la transubstanciación. Este acto de consagrar el pan y el vino se lleva a cabo en las palabras de la consagración, dichas por el sacerdote durante la Plegaria Eucarística: "Esto es mi cuerpo... Esta es mi sangre..."

Para que el pan y el vino se conviertan verdaderamente en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, es necesario que quien realice la consagración esté validamente ordenado para ello. Solo los sacerdotes y los obispos han recibido el sacramento del orden en el grado que les permite actuar "in persona Christi" (en la persona de Cristo) durante la Misa. Esta capacidad de actuar en la persona de Cristo es conferida a través del sacramento del orden de una manera especial, que les permite consagrar la Eucaristía. En palabras del Catecismo de la Iglesia Católica (CIC), número 1411:

"Solamente los sacerdotes válidamente ordenados pueden presidir la Eucaristía y consagrar el pan y el vino para que se conviertan en el Cuerpo y la Sangre del Señor."

Los diáconos, aunque son ordenados y tienen un papel litúrgico y pastoral muy importante, no han recibido la ordenación sacerdotal, y por lo tanto, no pueden realizar la consagración.

El Sacramento de la Reconciliación (Confesión)

El sacramento de la reconciliación, comúnmente conocido como confesión, es otro aspecto esencial del ministerio sacerdotal. Durante la confesión, el sacerdote actúa en la persona de Cristo y también como representante de la Iglesia. A través del poder conferido por el sacramento del orden, el sacerdote tiene la autoridad para absolver los pecados en nombre de Cristo.

En el Evangelio de Juan (20,22-23), Jesús les da a sus apóstoles el poder de perdonar los pecados:

"Sopló sobre ellos y les dijo: 'Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.'"

Este poder de perdonar pecados ha sido transmitido a través de la sucesión apostólica a los obispos y sacerdotes. Los diáconos, al no haber recibido la ordenación sacerdotal, no tienen este poder.

El Catecismo de la Iglesia Católica (CIC), en el número 1461, afirma:

"El perdón de los pecados cometidos después del Bautismo es conferido por un sacramento propio llamado el sacramento de la conversión, de la confesión, de la penitencia o de la reconciliación. Quien puede perdonar los pecados es el obispo y el presbítero por virtud del sacramento del Orden."

El Papel del Diácono

A pesar de que los diáconos no pueden consagrar ni confesar, su papel es crucial y muy valioso en la vida de la Iglesia. Los diáconos pueden bautizar, asistir y bendecir matrimonios, proclamar el Evangelio y predicar, presidir servicios funerarios y actos litúrgicos como la Liturgia de las Horas, y servir en diversos ministerios de caridad y administración.

Los diáconos son llamados a ser servidores, siguiendo el ejemplo de Cristo, el Siervo por excelencia. Su vocación es una manifestación del amor y el servicio cristiano en el mundo, y su ministerio complementa y enriquece el trabajo de los sacerdotes y obispos.

La estructura jerárquica y sacramental de la Iglesia no es una cuestión de privilegio, sino de servicio y de la correcta administración de los sacramentos que Cristo nos dejó. Cada grado del orden tiene su propia dignidad y misión específica. Los sacerdotes y obispos, con el poder de consagrar y absolver, sirven a la comunidad de una manera que refleja su particular participación en el sacerdocio de Cristo. Los diáconos, por su parte, encarnan el servicio y la caridad, apoyando y extendiendo el ministerio de la Iglesia en múltiples formas.

Espero que esta explicación te haya aclarado un poco más sobre por qué los diáconos no pueden consagrar ni confesar. Cada ministerio dentro de la Iglesia tiene su propia belleza y propósito, y todos juntos formamos el Cuerpo de Cristo, cada uno con su función específica y esencial. ¡Dios te bendiga!

Ultimátum de la Iglesia a la Monjas Clarisas cismáticas: Si no salen del Convento voluntariamente, intervendrá la justicia para desalojarlas.


Ultimátum del Arzobispo de Burgos a las Exclarisas: Salida Voluntaria o Intervención Jurídica

El arzobispo de Burgos y comisario pontificio, Mario Iceta, ha lanzado un ultimátum a las exmonjas clarisas de Belorado. "Si no hay una salida voluntaria del convento, los servicios jurídicos procederán". La situación se volvió crítica el pasado sábado cuando se firmó el decreto de excomunión de las monjas y su expulsión inmediata de la vida consagrada.

En una rueda de prensa, Iceta, acompañado de la hermana Carmen Ruiz OSC, secretaria de la Federación de las Hermanas Clarisas de Ntra. Sra. de Aránzazu; Donato Miguel Gómez Arce, vicario judicial de la archidiócesis de Burgos; y Rodrigo Saiz García, director del Departamento de Asuntos Jurídicos del Arzobispado de Burgos, declaró: “Las diez religiosas carecen de título legal para permanecer en el monasterio y dependencias anexas, por lo que deberán abandonarlos”. Iceta dejó claro que si las exmonjas y sus inquilinos, Pablo de Rojas y José Ceacero, no realizan "una salida voluntaria", "los servicios jurídicos procederán".

El prelado subrayó que “la excomunión significa que no forman parte de la comunidad monástica”, detallando que actualmente la comunidad está conformada por ocho religiosas: cinco que residen en el interior del convento y tres que viven fuera pero están incardinadas en Belorado.

Iceta confía en que “en los primeros días de julio” abandonen el monasterio. Sin embargo, añadió: “No hemos establecido un plazo, valoramos un tiempo prudencial, no queremos precipitarnos. Tendremos paciencia, pero la paciencia tiene que trasladarse en acciones”.

Situación Financiera y Operativa del Convento

Durante la rueda de prensa, Iceta reveló que han tenido acceso a diez cuentas bancarias de las clarisas de Belorado, con saldos “pequeños e insuficientes, no superan los 6.000 euros”. Esto ha obligado al arzobispado a transferir fondos de otros monasterios para cubrir gastos, incluidas nóminas y suministros. Además, comentó que “hay trabajadores que no tienen contrato”, insinuando irregularidades en la gestión interna del convento.

Iceta también mencionó que "tenemos una visión muy incompleta de todo, no nos han entregado ninguna documentación, estamos reconstruyendo, nos faltan muchas piezas del puzzle". Añadió que están tratando de asegurar la continuidad de las operaciones sin dejar de atender las necesidades básicas del convento.

Propiedades y Asuntos Jurídicos

Iceta lamentó la falta de respuesta a sus intentos de diálogo desde el 13 de mayo, señalando que incluso ha sido denunciado ante la policía. "Si quieren dialogar sobre los inmuebles, cúmplase la ley", respondió Iceta sobre la decisión de las monjas de contratar abogados para hacerse con los monasterios. Recalcó que “los propiedades e inmuebles son bienes eclesiásticos que pertenecen a los monasterios como entidad jurídica y eclesiástica” y que ni él ni las exmonjas pueden alterar esta naturaleza.

Atención a las Religiosas Mayores

Otro punto destacado fue la preocupación por las cinco religiosas mayores que permanecen en el convento. "Los familiares nos han manifestado que están preocupados por las hermanas mayores", explicó Iceta, detallando que otros monasterios se han ofrecido a desplazar hermanas para asistir en su cuidado. Aunque las religiosas ancianas están en buen estado de salud, el arzobispo mostró su incertidumbre sobre lo que ocurriría si las exmonjas impiden el acceso a las nuevas cuidadoras.

Excomunión y Apoyo de la Santa Sede

Iceta aclaró que las exmonjas tomaron "una decisión libre y personal de abandonar la Iglesia católica". “Son ellas las que deciden abandonar, no es la Iglesia la que las echa”, puntualizó, añadiendo que sigue rezando por su regreso. “Ojalá retomen el camino de vuelta a casa. Las esperamos, pero la legalidad es la legalidad”.

Finalmente, Iceta afirmó sentirse respaldado por la Santa Sede, con quien ha estado en constante comunicación. Aunque no está seguro si el Papa Francisco está directamente informado del caso, confía en el apoyo recibido para llevar a cabo esta difícil tarea encomendada por la Santa Sede.

Escuché a un sacerdote decir que "estar amancebado" es pecado mortal, ¿Qué significa estar amancebado?


Vamos a hablar sobre esto de una manera sencilla. Lo primero es entender qué significa "estar amancebado". Este término se refiere a una pareja que vive junta y tiene relaciones sexuales sin estar casada. En pocas palabras, estar amancebado es sinónimo de vivir en "unión libre". O sea, es cuando un hombre y una mujer deciden vivir como si fueran esposos, compartiendo su vida y su intimidad, pero sin haber celebrado el sacramento del matrimonio.

En la enseñanza de la Iglesia Católica, la relación sexual tiene un lugar muy especial y sagrado, destinado a ser vivido dentro del matrimonio. El Catecismo de la Iglesia Católica nos dice que "la unión del hombre y la mujer en matrimonio es un reflejo del amor de Dios" (CIC 1601). La sexualidad en el matrimonio no solo es para la procreación, sino también para la unión y el bien mutuo de los esposos.

Cuando una pareja vive junta sin casarse, están participando en una relación que la Iglesia considera desordenada porque no está dentro del marco del sacramento que Dios ha instituido para ello. Vamos a explorar por qué la Iglesia enseña esto y qué implica para los fieles católicos.

El significado del matrimonio

El matrimonio, según la fe católica, no es solo un contrato social, sino un sacramento, es decir, una señal visible de la gracia de Dios. En el matrimonio, los esposos se comprometen a amarse mutuamente como Cristo ama a su Iglesia: con un amor fiel, exclusivo y para siempre (Efesios 5,25-33). Este compromiso se realiza a través de una promesa pública y libre delante de Dios y de la comunidad.

La moralidad de las relaciones fuera del matrimonio

La Iglesia enseña que las relaciones sexuales están moralmente ordenadas solo dentro del matrimonio. Fuera del matrimonio, cualquier relación sexual se considera un pecado grave, es decir, un pecado mortal. ¿Por qué es esto? Vamos a desglosarlo:

1. Fidelidad y compromiso: El matrimonio establece un compromiso público y duradero entre los esposos. Este compromiso da un marco de estabilidad y seguridad para el amor conyugal y la crianza de los hijos. Vivir juntos sin casarse no ofrece esta seguridad y puede llevar a relaciones más inestables y temporales.

2. La dignidad de la persona: El acto sexual es una expresión profunda de amor y entrega. Fuera del matrimonio, esta entrega completa y exclusiva no está garantizada. La Iglesia ve esto como una falta de respeto a la dignidad de las personas involucradas, porque no se están dando el uno al otro en un contexto de compromiso total y definitivo.

3. Ejemplo y testimonio: Los matrimonios cristianos son llamados a ser un signo del amor de Dios en el mundo. Vivir juntos sin casarse puede dar un ejemplo confuso sobre la importancia del matrimonio y el significado del amor conyugal en la fe cristiana.

Consecuencias espirituales

El Catecismo enseña que el pecado mortal es una ofensa grave contra Dios que destruye la gracia en el corazón del hombre (CIC 1855). Para que un pecado sea mortal, deben cumplirse tres condiciones: materia grave, pleno conocimiento y pleno consentimiento (CIC 1857). Vivir en una relación sexual fuera del matrimonio cumple con la condición de materia grave.

Sin embargo, no debemos olvidar la misericordia y el amor de Dios. La Iglesia siempre invita a las personas que están en esta situación a reflexionar sobre su vida, buscar el arrepentimiento y considerar la posibilidad de regularizar su situación a través del matrimonio.

Caminos hacia la reconciliación

La buena noticia es que siempre hay un camino de vuelta a la gracia de Dios. La Iglesia ofrece la confesión como un medio para reconciliarse con Dios y la comunidad. Al confesar este pecado y recibir la absolución, una persona puede volver a estar en estado de gracia.


Para aquellos que están viviendo juntos y desean seguir fielmente la enseñanza de la Iglesia, hay varias opciones:

1. Considerar el matrimonio: Si la pareja está comprometida y quiere seguir junta, la mejor opción es casarse. Celebrar el sacramento del matrimonio no solo es un paso importante en la fe, sino también una fuente de gracia y bendición para la pareja.

2. Vivir como hermanos: Algunas parejas, por diversas razones, pueden no estar listas para casarse inmediatamente. En estos casos, la Iglesia sugiere la opción de vivir como hermanos, es decir, absteniéndose de las relaciones sexuales hasta que puedan casarse.

3. Buscar orientación pastoral: Hablar con un sacerdote o consejero pastoral puede ser muy útil. Ellos pueden ofrecer orientación, apoyo y recursos para ayudar a la pareja a tomar decisiones que estén en línea con su fe y convicciones.

Reflexión final

La enseñanza de la Iglesia sobre el matrimonio y la sexualidad puede parecer exigente, pero está basada en una visión profunda del ser humano y del amor de Dios. El matrimonio no es solo una regla a seguir, sino una llamada a vivir un amor que refleja el amor de Dios: un amor fiel, exclusivo y fecundo.

Dios nos llama a todos a la santidad, y esto incluye nuestras relaciones más íntimas. Aunque podemos fallar y caer, siempre tenemos la oportunidad de levantarnos, arrepentirnos y buscar vivir más plenamente según el plan de Dios para nuestras vidas.

Recuerda que la Iglesia está aquí para apoyarte en tu camino de fe. No dudes en acercarte y buscar ayuda cuando la necesites. Dios siempre nos llama a una vida más plena y feliz, y quiere lo mejor para cada uno de nosotros.

Autor: Padre Ignacio Andrade.

¿"Ultra católicos" o neoprotestantes? Las nuevas rebeldías contra el Papa y el Concilio Vaticano II


En tiempos recientes, la Iglesia Católica ha sido testigo de una serie de movimientos y figuras que, en nombre de una supuesta defensa de la ortodoxia, han desafiado abiertamente la autoridad del Papa Francisco y las enseñanzas del Concilio Vaticano II. Desde obispos y cardenales hasta comunidades religiosas enteras, este fenómeno plantea una pregunta inquietante: ¿Estamos viendo una verdadera defensa de la fe, o un resurgimiento de actitudes que recuerdan más a las rebeliones de la Reforma Protestante?

Un repaso a los protagonistas

Entre los nombres más destacados en esta ola de resistencia se encuentran el obispo Joseph Strickland de Tyler, Texas; el arzobispo Carlo Maria Viganò, exnuncio en Estados Unidos; el cardenal Raymond Leo Burke; y las monjas clarisas de Belorado. Cada uno de estos casos ofrece una ventana a las complejidades y tensiones actuales dentro de la Iglesia.

Joseph Strickland, por ejemplo, ha criticado repetidamente las reformas del Papa Francisco en áreas como la pastoral familiar y la acogida a personas LGBTQ. Para Strickland, el Papa está "confundiendo" a los fieles y desviándose de la doctrina tradicional. Sin embargo, el Catecismo de la Iglesia Católica subraya la autoridad del Papa como Pastor Supremo (CIC 882). La actitud de Strickland, aunque revestida de una defensa de la tradición, se enfrenta peligrosamente a la unidad y la obediencia que deben caracterizar a los miembros de la Iglesia.

El arzobispo Carlo Maria Viganò se hizo famoso por su carta de 2018, en la que acusó al Papa Francisco de encubrir los abusos sexuales del cardenal McCarrick. Viganò ha pedido públicamente la renuncia del Papa y ha promovido una narrativa de confrontación. En lugar de buscar soluciones dentro de la comunión eclesial, ha optado por una estrategia que ha aumentado las divisiones. San Pablo nos exhorta en Efesios 4,3 a "esforzarnos por conservar la unidad del Espíritu mediante el vínculo de la paz". La manera en que Viganò ha manejado sus acusaciones parece ir en contra de este llamado a la unidad.

El cardenal Raymond Leo Burke, conocido por su enfoque ultraconservador, ha sido un crítico constante de las aperturas pastorales del Papa Francisco. Su retórica sugiere que el Papa está llevando a la Iglesia hacia la herejía. Burke parece olvidar que el Concilio Vaticano II, en Lumen Gentium, resalta la colegialidad y la autoridad del Papa como principio de unidad en la Iglesia (LG 23). La desconfianza y el desafío constantes al sucesor de Pedro amenazan con fragmentar el Cuerpo de Cristo.

Finalmente, las monjas clarisas de Belorado han decidido desconocer al Papa Francisco y al Concilio Vaticano II. Esta postura extrema no solo desafía a un pontífice, sino a un concilio ecuménico entero. El Concilio Vaticano II fue un hito en la renovación de la Iglesia, buscando un diálogo más profundo con el mundo moderno. Rechazar sus enseñanzas y reformas es rechazar un esfuerzo colectivo por revitalizar la misión de la Iglesia.

Reflexión sobre la obediencia y la unidad

La cuestión central que surge de estos casos es la naturaleza de la fidelidad y la obediencia en la Iglesia. ¿Es la fidelidad una adhesión rígida a interpretaciones tradicionales, incluso a costa de la unidad eclesial? O, por el contrario, ¿debe la obediencia al Papa y a los concilios ser vista como una expresión de verdadera fe y humildad?

El Concilio Vaticano II nos ofrece una visión de la Iglesia como un "sacramento de unidad" (LG 1). Esto significa que la Iglesia, en su diversidad, está llamada a ser un signo y un instrumento de unidad en el mundo. Las divisiones internas, especialmente aquellas que surgen de la desobediencia a la autoridad legítima, socavan este testimonio.

Es vital recordar que la obediencia al Papa no es una mera formalidad. Es una expresión de fe en la guía del Espíritu Santo. En Mateo 16,18-19, Jesús le dice a Pedro: "Tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi Iglesia [...] Te daré las llaves del Reino de los Cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos". Esta autoridad conferida a Pedro y a sus sucesores es un pilar fundamental de nuestra fe católica.

¿"Ultra católicos" o neoprotestantes?

El término "ultra católico" sugiere una adhesión extrema a la tradición y doctrina. Sin embargo, cuando esta adhesión conduce a un rechazo de la autoridad papal y conciliar, comienza a parecerse peligrosamente a una forma de neoprotestantismo. La Reforma Protestante del siglo XVI se caracterizó por la ruptura con la autoridad del Papa y la fragmentación en múltiples interpretaciones. Las rebeldías contemporáneas, aunque nacidas de un deseo de preservar la "pureza" de la fe, corren el riesgo de crear divisiones similares.

El Papa Francisco ha trabajado incansablemente por una Iglesia más inclusiva y misericordiosa, en línea con el espíritu del Concilio Vaticano II. Su ministerio no es una desviación de la tradición, sino una profundización en la verdadera misión de la Iglesia: ser un faro de amor y esperanza en un mundo necesitado de ambos. Aquellos que se oponen a su liderazgo y las reformas del Concilio no están defendiendo la fe, sino sembrando discordia y confusión.

Un llamado a la unidad y al apoyo al Papa Francisco

En este contexto, es esencial que los fieles católicos rechacen estas actitudes divisivas y apoyen al Papa Francisco y su ministerio. La unidad de la Iglesia es una manifestación de la obra del Espíritu Santo y un testimonio poderoso para el mundo. San Pablo nos recuerda en 1 Corintios 1:10: "Os ruego, hermanos, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que todos os pongáis de acuerdo y que no haya divisiones entre vosotros, sino que estéis enteramente unidos en un mismo pensar y en un mismo propósito".

Es tiempo de dejar de lado las actitudes de rebeldía y desconfianza. La verdadera fidelidad a la Iglesia no se encuentra en la desobediencia y la crítica constante, sino en la obediencia, la caridad y el apoyo al Papa y a las enseñanzas del Concilio Vaticano II. Al hacerlo, estaremos construyendo una Iglesia más fuerte, más unida y más capaz de cumplir con su misión en el mundo de hoy.

Autor: Padre Ignacio Andrade.

¿Cómo debemos tratar a los protestantes que atacan a la Virgen y los Santos?


Este es un tema que puede generar muchas emociones, pero siempre debemos recordar que nuestra fe se basa en el amor, el perdón y la misericordia, tal como nos enseñó Jesús.

Primero, pongamos un poco de contexto. Los protestantes, en su diversidad, tienen distintas interpretaciones y prácticas de la fe cristiana. Algunas de estas interpretaciones no incluyen la veneración a la Virgen María y a los Santos de la manera en que nosotros, los católicos, lo hacemos. Esta diferencia puede llevar a malentendidos y, a veces, a comentarios que sentimos como ataques hacia nuestras creencias. Pero aquí es donde debemos aplicar el corazón de nuestra fe: el amor y la misericordia.

La regla máxima del católico es el amor. Jesús nos dejó esto muy claro en sus enseñanzas. En el Evangelio de Mateo, Jesús nos da un mandamiento nuevo: "Ama a tu prójimo como a ti mismo" (Mateo 22,39). Y no se detiene ahí. En el Sermón del Monte, Jesús nos desafía aún más: "Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen" (Mateo 5,44). Este es el núcleo de cómo debemos responder a cualquier ataque o malentendido: con amor y oración.

Ahora bien, ¿qué significa esto en la práctica? ¿Cómo amamos a aquellos que pueden decir cosas que nos hieren o que no comparten nuestra veneración por la Virgen y los Santos? Aquí hay algunas ideas para reflexionar:

1. Escucha y comprensión: Antes de responder a cualquier comentario o crítica, tómate un momento para escuchar. A veces, lo que parece un ataque es simplemente un malentendido o una falta de información. Pregunta con calma y respeto sobre su perspectiva y comparte la tuya. El diálogo abierto y respetuoso puede disipar muchas tensiones.

2. Educación y clarificación: A menudo, los malentendidos sobre nuestra veneración a la Virgen y los Santos provienen de una falta de conocimiento. Explicar que los católicos no adoramos a la Virgen María ni a los Santos, sino que los veneramos y les pedimos intercesión, puede aclarar muchas confusiones. La adoración está reservada solo para Dios. La intercesión de los Santos es una manera de pedir a los miembros de la "gran nube de testigos" (Hebreos 12:1) que oren por nosotros, así como pedimos a nuestros amigos y familiares que oren por nosotros.

3. Responder con amor y paciencia: San Pablo nos recuerda en su carta a los Romanos: "No paguéis a nadie mal por mal. Procurad lo bueno delante de todos los hombres" (Romanos 12,17). Cuando nos enfrentamos a críticas, nuestra respuesta debe ser siempre desde el amor y la paciencia. Esto no significa que debemos aceptar todo pasivamente, pero sí que nuestras respuestas deben estar siempre impregnadas de respeto y compasión.

4. Oración por ellos: Jesús nos enseña a orar por aquellos que nos persiguen. La oración es una herramienta poderosa. Al orar por aquellos que nos critican, pedimos a Dios que les bendiga y les guíe, y también pedimos por nosotros mismos, para que tengamos la fuerza y la sabiduría para responder con amor.

5. Testimonio con nuestra vida: A veces, la mejor manera de responder a las críticas es a través de nuestro testimonio. Cuando vivimos de acuerdo con los valores cristianos de amor, perdón y misericordia, mostramos el poder transformador de nuestra fe. Nuestro ejemplo puede ser más elocuente que cualquier argumento.

Además, el Catecismo de la Iglesia Católica nos ofrece una guía sobre este tema. En el número 821, el Catecismo nos habla sobre el ecumenismo y nos recuerda que debemos "cuidar con amor la verdad" y "orar por la unidad de la Iglesia". Esto significa que debemos ser firmes en nuestra fe, pero siempre buscando la unidad y el entendimiento, no la división.

Un punto clave aquí es recordar la importancia de la humildad. A veces, en nuestro fervor por defender nuestra fe, podemos caer en la trampa del orgullo. Pero Jesús nos mostró con su vida que la verdadera fuerza se encuentra en la humildad y el servicio a los demás. San Francisco de Asís lo resumió maravillosamente: "Señor, hazme un instrumento de tu paz". Busquemos ser instrumentos de paz en nuestras interacciones con aquellos que no comparten todas nuestras creencias.

Y no olvidemos el papel crucial del perdón. Perdonar no significa que estamos de acuerdo con las críticas o que las minimizamos, sino que elegimos no dejar que esas heridas definan nuestra respuesta. El perdón libera nuestros corazones para amar más plenamente. En el Padre Nuestro, que rezamos tan a menudo, pedimos a Dios: "Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden" (Mateo 6,12). Este es un recordatorio constante de la importancia del perdón en nuestra vida cristiana.

Finalmente, me gustaría recordarte que todos somos hermanos en Cristo. Aunque tengamos diferencias, todos compartimos una fe en Jesús y un deseo de seguirlo. San Pablo, en su carta a los Gálatas, nos dice: "Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús" (Gálatas 3,28). Este llamado a la unidad debe guiarnos en cómo tratamos a todos, incluidos aquellos que pueden criticar algunos aspectos de nuestra fe.

En resumen, querido amigo, la mejor manera de tratar a los protestantes que atacan a la Virgen y a los Santos es con amor, comprensión, paciencia y oración. Defendamos nuestra fe con firmeza, pero siempre desde un lugar de amor y humildad. Recordemos que somos llamados a ser testigos del amor de Cristo en el mundo, y esto incluye cómo respondemos a aquellos que no comparten todas nuestras creencias.

Que Dios te bendiga y te dé la fuerza y la sabiduría para ser un faro de su amor en todas tus interacciones.

Autor: Padre Ignacio Andrade.

Publicaciones más leídas del mes

Donaciones:

BÚSCANOS EN FACEBOOK