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Transexuales: ¿El cuerpo humano miente?


TRANSEXUALES: ¿EL CUERPO HUMANO MIENTE?
Por: Javier Ordovàs

La identidad sexual forma parte de la identidad biológica de cada persona.

A pesar de los eslóganes ideológicos, la ciencia afirma que la naturaleza humana exige coherencia entre los genes y el sexo fisiológico
Asistimos a un experimento antropológico, que se apoya en la Biotecnología, con la pretensión de conducir hacia un tipo de ser humano para el que no existen sexos, «sólo roles», y según el cual la identidad sexual, ser varón o ser mujer, es de libre elección ¿Significa que no es importante, o incluso no es necesaria, la conexión psicológica entre «yo y mi cuerpo»?

Los conocimientos actuales de la Biología humana, especialmente los datos de las neurociencias, acerca de la identidad sexual, nos permiten analizar con serenidad, sin prejuicios y sin enjuiciamientos de ningún signo, ni transfobias, qué puede suponer alejarse uno mismo del propio cuerpo.

El sexo corporal está determinado en la herencia biológica recibida de los padres. En primer lugar, por la diferente información genética del par de cromosomas XX de la mujer, o XY varón. En segundo lugar, porque los patrones, de la feminidad o de la masculinidad, se ponen en marcha ordenadamente por componentes específicos del cromosoma Y, o del par XX. La misma herencia genética –23 pares de cromosomas– está presente en todas las células del organismo.

Los genes de las células que constituyen las gónadas –ovarios o testículos–, que generan, a su vez, las células de la transmisión de la vida, bien femeninas –óvulos– o masculinas –espermios–, así como las células que forman los genitales, y las células del cerebro, se activan o se silencian al compás de las hormonas sexuales, cuya síntesis dirige la ausencia de un cromosoma Y en la mujer o la presencia en el varón.

Los órganos de la reproducción y el cerebro tienen sexo. Sólo un cuerpo de mujer forma y madura óvulos, y sólo un cuerpo de varón produce espermios. El estado del ADN de los óvulos es diferente del estado que tiene el material genético de los espermios. Ese estado del ADN específico de sexo se denomina impronta parental.

La identidad sexual forma parte de la identidad biológica de cada persona. El «yo» se somatiza en el cuerpo, que es sexuado. El sexo cerebral, psicológico, coincide con el corporal, y da lugar a un amplio margen de estilos de los varones y las mujeres. El cerebro tiene sexo.

Esto no supone ignorar que hay personas transexuales, que se sienten del sexo opuesto al de su cuerpo, ni ignorar que existen personas con un trastorno del desarrollo gonadal –«ovotesticular»–, que presentan ambigüedad en las estructuras gonadales y en los genitales.

Hoy sabemos que la causa de ambas condiciones es genética. La alteración de uno o más genes lleva consigo deficiencia de alguna de las enzimas ligadas al metabolismo de las hormonas sexuales y, con ello déficit, o exceso, en la acción que éstas ejercen sobre la regulación de otros genes.

Durante la fase prenatal los genes de los cromosomas sexuales establecen las estructuras de los testículos o de los ovarios fetales que fabrican las hormonas. También el cerebro recibe y metaboliza las hormonas, en momentos adecuados y diferentes de los de la consolidación de las gónadas. Mantiene un delicado equilibrio hormonal que traza las líneas maestras del patrón cerebral femenino o masculino.

A diferencia de cualquier otro órgano, el cerebro es plástico toda la vida. Se estructura y funciona a golpe de hormonas en algunas fases tempranas de la vida, y sobre todo de vivencias, experiencias, adicciones y decisiones. La acción de las hormonas es especialmente intensa en la infancia –primera pubertad– y en la pubertad con la que comienza la adolescencia.

Puede afirmarse que la acción directa de las hormonas sexuales sobre el cerebro es un factor crucial en el desarrollo de la identidad de género, masculina o femenina. No obstante no es suficiente. De hecho, hay diferencias en la sensibilidad a los andrógenos, hay diferentes niveles hormonales y de los receptores, que las captan para que ejerzan su acción específica en las células tanto de los órganos de la reproducción, como del cerebro.

Por ello, existen personas transexuales a las que su cuerpo no les dice lo mismo que su «yo». Y existen personas, antiguamente denominados «intersexos» o «hermafroditas», que su cuerpo les da un mensaje ambiguo, por sufrir un trastorno del desarrollo ovotesticular.

Los conocimientos actuales apuntan, en el caso de la transexualidad, a una disfunción en la percepción cerebral del propio cuerpo, que no es una simple cuestión de preferencia dependiente del entorno social o del aprendizaje. Y, por ello, la investigación biomédica pone en tela de juicio que la armonía psique/ corporalidad se alcance con las intervenciones quirúrgicas y los tratamientos hormonales que cambian el sexo genital y los caracteres sexuales secundarios y a su vez afectan al cerebro.

Las personas con trastorno genético del desarrollo gonadal tienen estructuras corporales con ambigüedad sexual, sin efectos cerebrales. Los niños que nacen genética y hormonalmente como varones se identifican desde la infancia como varones, a pesar de haber sido, muchas veces, criados y educados como mujeres, e incluso haberles sometido a una cirugía feminizante y des-masculinizante en el nacimiento.

A su vez, niñas sometidas a altos niveles de andrógenos –que proceden de las glándulas suprarenales– en la etapa prenatal tienen genitales masculinizados y, sólo en casos extremos, presentan transexualidad. Hoy podemos saber qué ha causado la ambigüedad gonadal, y educarle como lo que es en realidad. Los tiempos de que ante la duda «sea niña», han pasado afortunadamente.

Es un principio general que el cuerpo humano no miente, y siempre avisa de lo que ocurre. Por el contrario, el cerebro puede errar en sus percepciones. Pero, aún entonces, todo lo que ocurre en la psique el cuerpo lo somatiza. La información sobre los avances de la neuroendocrinología y de la neuroimagen, en este campo, debe darse a conocer, y debería tenerse en cuenta en la educación de las nuevas generaciones. Los slogans al uso «no existen sexos, sólo roles», impuestos desde la infancia, no reconocen lo que la ciencia pone de manifiesto: la naturaleza humana exige coherencia en los niveles genético y gonadal, porque el «yo» está somatizado en un cuerpo que es sexuado.

Desde hace algo más de una década, ese slogan se ha convertido en el icono de la modernidad y algunos defienden que esta perspectiva ha de aceptarse y transmitirse desde la infancia. La idea que subyace es librarse de las exigencias del propio cuerpo, ser autónomo y auto-construirse a sí mismo. El sexo –se dice– no es nada más que una función fisiológica –que sólo ofrece ser varón o mujer como únicas posibilidades–, mientras el género se refiere a las preferencias y éstas son realidades sociales sujetas a cambios tantas veces como se quiera.

No obstante, así como la igualdad de derechos de la mujer con el varón es una cuestión social, cultural y jurídica, la superación de los sexos exige la intervención de la biotecnología. Se trata de llevar a cabo una revolución de la humanidad opuesta a los procesos de la Evolución biológica. De ahí que haya una fuerte brecha en el planteamiento de este experimento sobre la identidad de género. La biología humana, que no es mera zoología, pone de manifiesto lo especifico de un ser vivo cultural.

Y sin embargo, la biología no es cultura y no se cambia fácilmente, sin pagar un alto precio. Es la persona, cada uno de los hombres y mujeres, el que es un ser vivo cultural. El protocolo de este experimento requiere pasar el tribunal de la ciencia ¿Qué supone contraponer en una persona el sexo biológico y el psicológico y social? ¿Qué es innato en ello, y qué cultural? ¿Qué ofrece la biotecnología, de hecho, al cambio de sexo? ¿Qué garantías de éxito hay?

Y si resultara que el experimento no es válido: ¿Cómo paliaríamos las consecuencias en las posibles víctimas a las que no se les ha dado opción de elegir participar o no en el experimento?

Este artículo fue publicado originalmente por nuestros aliados y amigos:

http://www.es.catholic.net/op/articulos/72457/transexuales-el-cuerpo-humano-miente.html

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¿Puede oficiarse misa de cuerpo presente a alguien que se suicidó?


¿PUEDE OFICIARSE MISA DE CUERPO PRESENTE A ALGUIEN QUE SE SUICIDÓ?
Por Padre Víctor Jiménez

Pueden celebrarse las exequias cristianas en atención a los familiares.

Como católicos debemos recordar que el suicidio es una decisión complicada para quien la toma, muchas veces originada en situaciones dramáticas y que genera dolor a las personas cercanas de quien lo ha cometido. Por lo que hacer juicios a la ligera sobre los motivos por los que ocurre es riesgoso; para dar una respuesta precisa se necesita un discernimiento atento.

El mismo Catecismo de la Iglesia enseña que debemos confiar en la misericordia infinita de Dios para cada ser humano. “Dios puede haberles facilitado por caminos que Él solo conoce la ocasión de un arrepentimiento salvador” ( n. 2283).

Pueden celebrarse las exequias cristianas(Misa de cuerpo presente y ritos con que se acompaña a un difunto) en atención a los familiares del suicida, orando de manera particular por el suicida encomendándolo al amor infinito del Creador, que es el único conocedor de las conciencias.


Fuente, desdelafe.mx

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¿Creían realmente en la Eucaristía los primeros cristianos?



¿CREÍAN REALMENTE EN LA EUCARISTÍA LOS PRIMEROS CRISTIANOS? 

Los primeros Padres de la Iglesia defienden la presencia real del Cuerpo y la Sangre Cristo en la Eucaristía 

Desde el principio, la Eucaristía ha tenido un papel central en la vida de los cristianos. Maravilla ver la fe y el cariño con el que tratan a Jesús en el Pan eucarístico. 

Tienen una fe inquebrantable en que el pan y el vino se convierten, por las palabras de la consagración, en el Cuerpo y la Sangre de Cristo 

En varios textos de los siglos I y II, vemos cómo va evolucionando y construyéndose la liturgia de la Iglesia. Emociona comprobar cómo seguimos celebrando la misma Misa que se celebraba en el siglo I: lo podemos ver en la descripción del Santo Sacrificio que San Justino, en el año 155, hace al emperador Antonino Pío; o en la “Traditio Apostólica” de San Hipólito de comienzos del siglo III. 

Los textos que exponemos a continuación son una prueba de que ya desde los primeros tiempos del cristianismo (siglo I), en la Iglesia primitiva existía una fe muy clara en la presencia de Jesucristo en el Pan y en el Vino “eucaristizados”. 

El testimonio de los Padres de la Iglesia 

1. SAN IGNACIO DE ANTIOQUÍA (107 d.C.) 

En lo referente a la Eucaristía San Ignacio se presenta siempre muy claro y tajante. Llama a la Eucaristía “medicina de inmortalidad” y categóricamente expresa: “La Eucaristía es la carne e nuestro Salvador Jesucristo”. 

Condena vigorosamente a los docetas que afirmaban que Jesús no había tenido cuerpo verdadero sino solo aparente, y por este error, comenta San Ignacio, no querían tomar parte de la eucaristía y morían espiritualmente por apartarse del don de Dios. 

“Esforzaos, por lo tanto, por usar de una sola Eucaristía; pues una sola es la carne de Nuestro Señor Jesucristo y uno sólo es el cáliz para unirnos con su sangre, un solo altar, como un solo obispo junto con el presbítero y con los diáconos consiervos míos; a fin de que cuanto hagáis, todo hagáis según Dios” 

2. LA DIDACHÉ O DOCTRINA DE LOS DOCE APÓSTOLES (60-160 d.C) 

La Didaché es muy tajante al afirmar que no todos pueden participar en la Eucaristía, ya que no se puede “dar lo santo a los perros”. Antes de participar exigue confesar los pecados para que el sacrificio sea puro. 

Es un testimonio claro también de que la Iglesia primitiva ya reconocía en la Eucaristía el sacrificio sin mancha y perfecto presentado al Padre en Malaquías 1,11: “Pues desde el sol levante hasta el poniente, grande es mi Nombre entre las naciones, y en todo lugar se ofrece a mi Nombre un sacrificio de incienso y una oblación pura. Pues grande es mi Nombre entre las naciones, dice Yahveh Sebaot”. 

3. SAN JUSTINO (165 d.C) 

Mártir de la fe cristiana hacia el año 165 (decapitado), es considerado el mayor apologeta del Siglo II. San Justino mantiene el testimonio unánime de la Iglesia al confesar que la Eucaristía no es un alimento como tantos, sino que es “carne y sangre de aquel Jesús hecho carne”. 

San Justino con toda claridad excluye la permanencia del pan junto con la carne del Señor rechazando la consubstanciación mantenida por los luteranos. 

Lo confirma el empleo que inventa San Justino para la palabra “dar gracias”: hasta él había tenido sentido intransitivo; él la usa en pasiva: “alimento eucaristizado”, que al pie de la letra traduciríamos: “alimento hecho acción de gracias”. 

Esta pasiva tan dura inventada por San Justino, unida al cambio de construcc ión que acabamos de señalar, acentúa la nota de un cambio obrado en el alimento ordinario en virtud del cual el pan es ahora carne de Cristo. 

4. SAN IRENEO (130d.C – 202 d.C) 

En la teología presentada por San Ireneo la certeza de que el pan y vino consagrados son cuerpo y sangre de Cristo es diáfana, y explícitamente afirma que “el cáliz es su propia Sangre” (la de Cristo) y “el pan ya no es pan ordinario sino Eucaristía constituida por dos elementos terreno y celestial”. 

5. SAN HIPÓLITO (mártir en el 235 d.C.) 

Se desconoce el lugar y fecha de su nacimiento, aunque se sabe fue discípulo de San Ireneo de Lyon. San Hipólito es tajante en afirmar que se evite con diligencia que el infiel coma de la Eucaristía, ya que “es el cuerpo de Cristo del cual todos los fieles se alimentan y no debe ser despreciado”. 

6. ORÍGENES (185d.C – 254 d.C) 

Con respecto a la Eucaristía los escritos de Orígenes van en la misma línea que el resto de los padres. Afirma que “así como el maná era alimento en enigma, ahora claramente la carne del Verbo de Dios es verdadero alimento, como Él mismo dice:Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida”. 

En todos estos casos, Orígenes se refiere al “verdadero alimento” no como pan, sino como “la carne del Verbo de Dios”. 

Afirma también que recibir el cuerpo indignamente ocasiona ruina para sí mismos y se refiere a la celebración eucarística como “la mesa del cuerpo de Cristo y del cáliz mismo de su sangre”. 

7. FIRMILIANO, OBISPO DE CESAREA (268 d.C) 

Por lo demás, cuán gran delito es el de quienes son admitidos o el de quienes admiten a tocar el cuerpo y sangre del Señor, no habiendo lavado sus manchas por el bautismo de la Iglesia ni habiendo depuesto sus pecados, habiendo usurpado temerariamente la comunión, siendo así que está escrito: Quien quiera que comiera el pan o bebiera el cáliz del Señor indignamente, será reo del cuerpo y de la sangre del Señor.” 

8. SAN ATANASIO, OBISPO DE ALEJANDRÍA (295-373 d.C) 

“Verás a los ministros que llevan pan y una copa de vino, y lo ponen sobre la mesa; y mientras no se han hecho las invocaciones y súplicas, no hay más que puro pan y bebida. Pero cuando se han acabado aquellas extraordinarias y maravillosas oraciones, entonces el pan se convierte en el Cuerpo y el cáliz en la Sangre de nuestro Señor Jesucristo… Consideremos el momento culminante de estos misterios: este pan y este cáliz, mientras no se han hecho las oraciones y súplicas, son puro pan y bebida; pero así que se han proferido aquellas extraordinarias plegarias y aquellas santas súplicas, el mismo Verbo baja hasta el pan y el cáliz, que se convierten en su cuerpo”. (SAN ATANASIO, Sermón a los bautizados, 25) 

9. SAN CIRILO DE JERUSALÉN (313-387 d.C) 

“Sabiendo que Jesucristo asegura, hablando del pan, que aquello es su cuerpo, ¿quién se atreverá a poner en duda esta verdad? E igualmente dijo después, esta es mi sangre, ¿quién puede dudar o decir que nolo es? En otro tiempo había convertido el agua en vino en Caná de Galilea con sola su voluntad, ¿y no le tendremos por digno de ser creído sobre su palabra, cuando convirtió el vino en su sangre? Si convidado a las bodas humanas y terrenas hizo en ellas un milagro tan pasmoso, ¿no debemos reconocer que aquí dio a los hijos del Esposo a comer su cuerpo y beber su sangre?” (SAN CIRILO DE JERUSALÉN, Catequesis Mistagógica, 4, 7). 

Son especialmente expresivas las palabras de San Cirilo, obispo de Jerusalén a partir del 348, que para manifestar nuestra unión tan plena con Cristo en la Eucaristía dice que nos hacemos una misma cosa con Él… 

“Para que cuando tomes el cuerpo y la sangre de Cristo, te hagas “concorpóreo” y “consanguíneo” suyo (un mismo cuerpo y sangre con Él); y así, al distribuirse en nuestros miembros su Cuerpo y su Sangre, nos convertimos en portadores de Cristo (Cristóforos). De está manera -según la expresión de San Pedro- también nos hacemos partícipes de la naturaleza divina”. (SAN CIRILO DE JERUSALÉN, Catequesis Mistagógica, 4, 3). 

“Adoctrinados y llenos de esta fe certísima, debemos creer que aquello que parece pan no es pan, aunque su sabor sea de pan, sino el cuerpo de Cristo; y que lo que parece vino no es vino, aunque así le parezca a nuestro paladar, sino la sangre de Cristo”. (SAN CIRILO DE JERUSALEN, Catequesis sobre los misterios>, 22, 1). 

Este es un pequeño resumen de lo que la Iglesia enseñó durante los primeros cuatro siglos,en el que se ve cómo los primeros cristianos -desde el principio- tenían una fe firme en la presencia de Cristo en la Eucarístía. 

Bibliografía 

Gabriel Larrauri (Orar con los Primeros Cristianos, Planeta Testimonio 2011)
José Miguel Arráiz (apologeticacatolica.org)
Textos Eucaristicos Primitivos, Tomos I por Jesús Solano, B.A.C.
Padres apostólicos, por Daniel Ruiz Bueno, B.A.C. Padres apologetas griegos, Daniel Ruiz Bueno, B.A.C. 



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Abogado protestante reconoce que la división es pecado, ¿La culpa? La mala interpretación protestante de la Biblia


ABOGADO PROTESTANTE RECONOCE QUE LA DIVISIÓN EN MILES DE SECTAS, ES UN GRAVE PECADO CONTRA EL CUERPO DE CRISTO
Por Jesús Mondragón (Saulo de Tarso) 

El abogado protestante David Bercot, experto en la interpretación de documentos, reconoce de forma valiente, que la división en miles y miles de sectas protestantes, es un grave pecado contra el cuerpo de Cristo y la causa de ésto, afirma, son los defectuosos métodos empleados por los protestantes para interpretar la Sagrada Escritura. De su libro, "Los primeros cristianos y sus escritos" extraemos su testimonio:

«¿Qué estoy diciendo? Estoy diciendo con gran franqueza que los métodos para entender las Escrituras que nosotros los cristianos creyentes de la Biblia hemos utilizado, no funcionan. Ninguno de ellos ha provisto un medio sólido para que todos los cristianos llegaran a ser un cuerpo otra vez.

A pesar de todos los sistemas de interpretación bíblica que han sido promovidos desde la Reforma, en cada siglo el cuerpo de Cristo se ha visto cada vez más fragmentado. Hoy en día, los cristianos profesos están divididos en más de 22 000 denominaciones y sectas diferentes (eso en 1992, cuando se escribió el libro, actualmente 70,000), con un promedio de cinco nuevas que se organizan cada semana. Y, generalmente hablando, ninguna de estas denominaciones y sectas depende de ninguno de los otros grupos. Además, casi todas estas denominaciones han sido establecidas desde el tiempo de la Reforma.

Si tú piensas que Cristo no objeta que su cuerpo esté siendo fragmentado por miles de divisiones, reflexiona. Lo más importante en su mente antes que fuese arrestado era la unidad de la iglesia. Él oró, diciendo: “Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste” (Juan 17:20,21).

Sin embargo, a nosotros los protestantes no nos importa nada si desgarramos otro pedazo de carne del cuerpo de Cristo. No admitimos que la división es un pecado peligroso. Pablo la catalogó como una de las “obras de la carne… acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas, no heredarán el reino de Dios” (Gálatas 5:19,21). Pablo le dijo a Tito: “Al hombre que cause divisiones, después de una y otra amonestación deséchalo, sabiendo que el tal se ha pervertido, y peca y está condenado por su propio juicio” (Tito 3:10,11). Quizá esa Escritura nos condena a nosotros los cristianos de hoy; somos hombres y mujeres que “causan divisiones” y “nos hemos pervertido y pecamos.” Pues nosotros y nuestros antepasados hemos causado divisiones en el cuerpo de Cristo.

En el transcurso de este libro, estaré utilizando muchas veces el término “protestante” para referirme a todos los cristianos profesos que no pertenecen a la Iglesia Católica Romana ni a ninguna de las iglesias ortodoxas del oriente. En otras palabras, cuando use este término, estaré incluyendo principalmente a los protestantes, evangélicos, pentecostales, anabaptistas y otros grupos no católicos. Soy consciente de que muchos de tales grupos no se consideran protestantes. Particularmente yo no me considero ser uno de ellos. Si me permites usar el término “protestante” en tal sentido libre y colectivo, en lugar de nombrar individualmente a todos los grupos no católicos cada vez que me refiera a ellos, este libro podrá expresarse con rapidez.

Y de una u otra manera, casi todos nosotros los “protestantes” hemos hecho nuestra parte en astillar aún más el cuerpo de Cristo. No sólo no nos arrepentimos de nuestro espíritu sectario, incluso queremos hacer de Dios un cómplice de nuestro pecado. Usualmente he oído a los cristianos evangélicos decir: “Es importante ir a la iglesia donde Dios quiere que vayas.” En otras palabras, Dios quiere que Juan Doe vaya a una cierta iglesia, María Jones a otra y Bob Smith aún a otra. Nos engañamos a nosotros mismos pensando que Cristo quiere un cuerpo dividido, a pesar que en su oración, Él desea lo contrario.

A pesar de sus limitaciones, la Iglesia Católica Romana, al menos ha sido capaz de permanecer como un sólo cuerpo. En contraste, desde el inicio, los reformadores estuvieron divididos los unos de los otros. En el transcurso del tiempo, aquellas divisiones sólo han empeorado. Hasta las religiones falsas tienen un mejor antecedente histórico que el de los cristianos bíblicos. El Islam es mucho más antiguo que las iglesias que surgieron a partir de la Reforma, y aún así, aquellos grupos adoran juntos en la misma mezquita cuando se hallan en un país extranjero.

No, no es normal para un grupo religioso fragmentarse en 22 000 sectas (70,000 en la actualidad) en un período menor de 500 años. Es algo raro. Y cuando los cristianos son los que lo hacen, es todavía más pecaminoso. “Pero, ¿qué puedo hacer?,” podrías preguntarte. “No es culpa mía que haya tantas denominaciones y divisiones.” Y en cierto sentido es verdad. La mayoría de nosotros no somos los que fundaron la gran variedad de denominaciones y sectas. Pero sí compartimos la misma mentalidad y el mismo espíritu de aquellos fundadores. Y si no estamos trabajando hacia una solución, entonces somos parte del problema.

Tenlo por seguro. Sí hay solución al problema de división. Todos los cristianos bíblicos que en verdad aman a Dios pueden ser un solo cuerpo...» LOS PRIMEROS CRISTIANOS Y SUS ESCRITOS, David Bercot, Capítulo 1

Éstas fueron las palabras sabias de un hombre que se esfuerza por entender la Biblia de manera honesta, palabras que caerán en los oídos necios de los fundadores de sectas. Roguemos a Dios por la unidad de su Cuerpo, que es la Iglesia, y algún día se cumpla el sueño de Jesucristo:

Juan 17,21
Para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado...


PAX ET BONUM


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